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sábado, 5 de marzo de 2016

La presencia de fantasmas, explicada por la ciencia

Un 42% de la población estadounidense cree en fantasmas, según una encuesta realizada por la firma Harris. La cifra aumenta hasta el 52% si se lo preguntamos a los británicos, según afirma la versión digital de la revista The Atlantic. Los fantasmas están entre nosotros, ocultos en nuestra mente, que es quien los crea.





La creencia en espíritus es quizá tan vieja como la humanidad: aparece reflejada ya en los primeros textos escritos sumerios y egipcios. Sin ir más lejos, el fantasma de Enkidú se apareció a Gilgamesh, compañero de aventuras del rey y héroe mitológico Gilgamesh en la llamada Epopeya de Gilgamesh. Y aún hoy, en pleno siglo XXI, los espíritus siguen fascinando en todos los lugares de la Tierra. Y lo peor, siguen viéndose y atemorizando a los crédulos.
En la revista Muy Interesante n.º 418 del mes de marzo, Elena Sanz aborda una decena de fenómenos paranormales que pueden ser explicados por la ciencia, y en concreto, por la neurociencia.  Uno de ellos es la visión de fantasmas. 



Una joven de veintidós años está tumbada en la mesa de operaciones mientras Olaf Blanke coloca electrodos en su cerebro. Tras la primera descarga, percibe a sus espaldas una siniestra figura que imita sus movimientos. “¡Un fantasma, doctor!”, grita espantada. Pero Blanke no es el protagonista de una novela de terror, sino un neurocientífico suizo de la Universidad de Ginebra que ha identificado la parte del cerebro que actúa cuando creemos ver aparecidos. Se trata de la unión temporoparietal, en la que se integran señales corporales multisensoriales que nos ayudan a percibir nuestro cuerpo como propio y a saber qué lugar ocupamos en el espacio. Si algo falla al procesar esa información, el afectado puede  sentir su cuerpo como ajeno o que alguien lo persigue o vigila, explica Elena Sanz en el reportaje.

Olaf Blanke
No hacen falta electrodos para ver espectros. Sin ir más lejos, el virtuoso pianista polaco Frédéric Chopin (1810-1849) sufría terroríficas alucinaciones, a veces en mitad de un concierto, en las que se veía acosado por extrañas criaturas. Recientemente, dos médicos españoles del Complejo Hospitalario General-Calde de Lugo han llegado a la conclusión de Chopin sufría epilepsia del lóbulo temporal. Durante un ataque epiléptico, las neuronas, que normalmente generan ochenta impulsos por segundo, multiplican su ritmo por seis. La actividad desenfrenada en aquel lóbulo crea, entre otras cosas, visiones paranormales. 
Las infecciones graves, malformaciones vasculares, tumores malignos y convulsiones febriles pueden causar, entre otros problemas, esta forma de epilepsia.


En cuanto a los edificios encantados, la explicación parece ser muy simple: exceso de moho. “Las experiencias fantasmagóricas son muy similares a los síntomas neurológicos sufridos por individuos expuestos a hongos tóxicos”, según Shane Rogers, biotecnólogo y microbiólogo de la Universidad Clarkson, en Nueva York. Esos hongos, afirma este experto, causan irritabilidad, daños cognitivos, ansiedad y miedo. Tras analizar muestras de aire de edificios en los que se relatan espeluznantes historias de fantasmas, ha llegado a la conclusión de que presentan una población de mohos tóxicos superior a la de otras viviendas, lo cual podría explicar las visiones extrañas de sus ocupantes. 




miércoles, 2 de marzo de 2016

10 experiencias paranormales desmontadas por la ciencia



Una de cada cinco personas cree que existen los extraterrestres y otras muchas dicen oír voces o haber vivido experiencias cercanas a la muerte. Pero no son hechos sobrenaturales. Recientes estudios prueban que estas percepciones tienen su base en alguna anomalía cerebral con una
explicación neurocientífica.
 

En los últimos años, a medida que neurólogos y psicólogos han ido abordando científicamente todo tipo de fenómenos extraor­dinarios, la fe en lo paranormal ha perdido terreno. Hoy sabemos, por ejemplo, que un funcionamiento anormal del lóbulo frontal del cerebro, implicado en la coordinación y la planificación, puede crear la sensación de estar poseído. Y que cuando se trastocan la amígdala y el hipocampo, vinculados a la memoria y las emociones, se llega a experimentar recuerdos de supuestas vidas anteriores, explica la periodista Elena Sanz en el dossier 110 experiencias paranormales desmontadas por la ciencia que publica en la revista Muy Interesante n.º 418 del mes de marzo y donde aborda desde la óptica de la neurociencia la presencia de fantasmas. escuchar voces inexistentes, ver la luz al final del túnel, la conexión telepática o la abducción por alienígenas. 

Asimismo, la sobreactivación de las uniones temporoparietales de la corteza cerebral, situadas a ambos lados de la cabeza, crea la sensación de abandono del propio cuerpo. Los casos de poltergeist invisibles que mueven objetos parecen coincidir con daños en zonas del hemisferio cerebral derecho encargadas del procesamiento visual. Y si se descoordinan las neuronas del área de Broca, podemos oír los propios pensamientos como si fueran voces ajenas. Y así podríamos seguir enumerando la aparición de experiencias extrañas y su relación física con anomalías cerebrales.

Por otro lado, el cine ha contribuido a fomentar las creencias en lo paranormal y a difundir errores que un mínimo conocimiento de física y matemáticas podrían explicar. El caso más evidente es el de fantasmas y vampiros, como sacó a la luz el investigador Costas Efthimiou, de la Universidad de Florida Central. 

Para empe­zar,  Efthimiou dice que es físicamente imposible que un fantasma pueda atravesar paredes y, a la vez, caminar como un humano, pues debería hacer fuerza sobre el suelo, lo que se contradice con un cuerpo etéreo. En cuanto a los vampiros, Efthimiou hizo un cálculo sencillo para desmentir su existencia.

Según las historias al uso, estos seres se alimentan de sangre humana, y sus víctimas, una vez mordidas, se transforman en vampiros. Pues bien, si el primero hubiese surgido, por ejemplo, en enero de 1600, con una población mundial de 500 millo­nes de habitantes y comiera una vez al mes, al cabo de ese tiempo habría dos vampiros; en sesenta días, cuatro; y en dos años y medio los 500 millones de humanos ya serían vampiros. Sin nadie a quien morder, se extinguirían todos, dice Elena Sanz en el reportaje.


En cuanto a los supuestos brotes de zombis que hubo en Hawái en 1892, pocos años antes de ser incorporado el archipiélago a EE. UU., Efthimiou tiene una explicación: en sus aguas vive un pez que produce tetrodotoxina, un veneno que causa la muerte fulminante. 
Pero ingerido en la dosis adecuada, hace que la persona caiga en un estado de casi muerte, sin apenas constantes vitales, pero del que sale de pronto sumida en la confusión por falta de oxígeno y con un comportamiento identificable con el que la literatura y el cine atribuyen a los zombis.