Desde el aire, los tonos ocres y rojizos que dan nombre a este cauce onubense parecen formar un infierno cromático. De hecho, en sus ácidas aguas, ricas en sales ferruginosas, solo prosperan algas, hongos y microorganismos. Por ello, es uno de los lugares más bellos y extremos de la Tierra.
En las bermejas aguas del río Tinto, el Urium de los antiguos
romanos, no hay rastro de peces. Tampoco de cangrejos, ranas, nutrias o
galápagos. Nada parece sobrevivir en su ácido cauce, contaminado desde hace
millones de años. En marzo de 2014, un equipo de investigadores del Centro deAstrobiología (CAB), coordinado por el catedrático de Microbiología Ricardo
Amils, probó que se trataba de un fenómeno natural, una consecuencia de la
interacción entre los acuíferos y los sulfuros metálicos masivos presentes en
el terreno, cuenta Abraham Alonso en el reportaje Los colores del río Tinto que publica en la revista Muy Interesante n.º 417 del mes de febrero.
Hasta entonces, muchos daban por hecho que la acidez del
Tinto se debía únicamente a la intensa actividad minera que se ha llevado a
cabo en los alrededores de su curso alto desde la antigüedad, y sobre todo a
partir de finales del siglo XIX. Aun así, hoy sabemos que la vida también
prospera en él. Algunos microorganismos oxidan los sulfuros metálicos para
extraer energía. Esta actividad genera una solución con un elevado contenido en
hierro oxidado, lo que, entre otras cosas, le confiere al río su llamativo
color. Y es que a lo largo de su historia evolutiva, numerosas algas, hongos y
bacterias han desarrollado las adaptaciones necesarias para sobrevivir en este
entorno casi alienígena.
De hecho, las condiciones geofísicas y ambientales del
subsuelo y la cuenca del Tinto podrían no ser muy distintas de las que nos
encontraríamos en ciertas zonas del planeta rojo. Así lo sugieren distintos
estudios impulsados por el CAB, que han revelado, por ejemplo, la presencia de
comunidades de microbios en pequeños depósitos salinos que recuerdan mucho
algunas formaciones descubiertas en Marte.
Francisco Mingorance, el autor de las imágenes que ilustran
estas páginas, es probablemente el fotógrafo de naturaleza español más premiado
en certámenes internacionales. De lo que no hay duda es que también se trata de
uno de los mayores conocedores de esa especie de laberinto de ocres, rojos,
verdes y naranjas que confiere al río Tinto su especial personalidad. “He
dedicado más de veinticinco años a fotografiarlo, caminando por sus orillas,
sumergiéndome en el corazón de sus minas, a cientos de metros de profundidad, o
sobrevolándolo”, cuenta a Alonso. Precisamente, algunas de las tomas efectuadas
desde el aire –a veces en vuelo rasante– permiten apreciar en su opinión la
fusión perfecta entre arte y naturaleza.
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