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martes, 3 de mayo de 2016

Microquimerismo fetal: los otros que llevas dentro


Años después de tu nacimiento, el cuerpo de tu madre sigue albergando células tuyas, que han  colonizado algunos de sus órganos e influido en su salud. La ciencia está desvelando las claves de este fenómeno llamado microquimerismo fetal.


Todos y cada uno de nosotros estamos formados por células; de media, unos 37 billones. Esas pequeñas factorías de vida que nos constituyen se enfrentan a sus quehaceres diarios siguiendo un manual de instrucciones personalizado que lleva por título El ADN y del que todas las células del individuo albergan la misma versión. O eso se creía hasta que, a principios de los años 70, los científicos encontraron una excepción que tenía un origen natural: se habían detectado células masculinas en la sangre de mujeres embarazadas, informa Laura Mojardín en el artículo Los otros que llevas dentro que publicamos en la revista Muy Interesante n.º 420 del mes de mayo. Este hallazgo indicaba que algunas células del feto habían sido capaces de atravesar la placenta y acceder al sistema circulatorio de la madre. 

La mayoría de los investigadores no consideraron entonces que esta pequeña transferencia pudiera tener una repercusión biológica significativa. Sin un soporte adecuado, lo más probable era que esas intrusas degenerasen y acabasen por desaparecer en un periodo relativamente corto de tiempo.

Por otra parte, la tecnología de aquellos años no permitía un análisis en profundidad de las características de esas extranjeras. La sorpresa llegó a finales de los 90, cuando se descubrió que en la sangre, los pulmones, el hígado, el cerebro y otros órganos de mujeres que habían estado embarazadas incluso hacía décadas se encontraban células de sus hijos. En todos los estudios publicados hasta la fecha, la identificación de esas células fetales se ha llevado a cabo mediante la detección del cromosoma Y exclusivo de varones. Esto es debido a la facilidad con la que se pueden distinguir células masculinas en una mujer.

El procedimiento más común para lograrlo consiste en amplificar una región específica situada en el cromosoma Y mediante la reacción en cadena de la polimerasa (PCR, por sus siglas en inglés), una técnica extremadamente sensible que permite identificar una célula masculina entre un millón de las femeninas. Otro método complementario utiliza la llamada hibridación fluorescente in situ (FISH) para visualizar las células que contienen el cromosoma Y. El empleo de ambas estratagemas ha permitido demostrar que la adquisición de células fetales es un suceso común durante el embarazo, ya que, aunque los estudios se hayan centrado por cuestiones metodológicas en células procedentes de fetos varones, es presumible que las células fetales femeninas se comporten de la misma manera, señala Mojardín en el artículo.



La persistencia de estas visitantes en el cuerpo de la madre podría deberse, según un estudio publicado en la prestigiosa revista The Lancet por el experto en medicina fetal Nicholas M. Fisk, a su capacidad para establecerse en la médula ósea, tejido que actuaría como un reservorio desde el que estas células podrían migrar a la sangre y dispersarse por los distintos órganos. En concreto, se estima que millones de células provenientes del feto podrían estar formando parte del cuerpo de sus madres. Este obsequio tan inesperado se conoce con el nombre de microquimerismo fetal en alusión a Quimera, una criatura de la mitología griega que vomitaba llamas, tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón.

Este asombroso hallazgo amplía de manera sustancial nuestra visión convencional del vínculo materno-filial. La relación entre las madres y sus vástagos sobrepasaría el ámbito emocional para llegar, en cierto modo, a una conexión física. Nuestros hijos no solo forman parte de nuestra vida, sino también de nuestro organismo, incluso desde fases muy tempranas del embarazo. 

Tan pronto como a las cinco semanas de gestación ya se detectan células fetales en la sangre periférica materna. Esta migración tan precoz, unida a la capacidad de permanencia de estas células en el cuerpo de la progenitora, tiene una implicación importante para las mujeres que han sufrido un aborto, una situación muy frecuente que ocurre en el 50 % y el 70 % de todas las concepciones y en el 15 % y el 20 % de los embarazos clínicamente probados, según datos de la Asociación Estadounidense del Embarazo. 

A pesar de la gran pérdida que supone un aborto, los descendientes malogrados habrían encontrado la forma de vivir para siempre en sus madres como células que pasan a formar parte de ellas. Según el profesor Ralph P. Miech, de la Facultad de Medicina Alpert, en la Universidad Brown (EE. UU.), es precisamente durante un aborto cuando se produce una mayor transferencia de células fetales hacia la progenitora, quizá en un último intento de aferrarse a la vida.

Puedes seguir leyendo el reportaje en la revista
Muy Interesante del mes de mayo.


jueves, 4 de febrero de 2016

¿Llegó la vida a la Tierra desde el espacio?

¿Apareció solo una vez o hubo antes varios pasos en falso? ¿Es un fenómeno autóctono o puede producirse en cualquier otro lugar del cosmos? El salto de la química inerte a la biología sigue planteando más preguntas que respuestas. Roger Corcho investiga en el dossier Grandes enigmas de la ciencia que publicamos en la revista Muy Interesante N.º 417 qué saben los biólogos a fecha de hoy sobre cómo surgió la vida en nuestro planeta hace 4.100 millones de años, según un reciente análisis realizado en cristales de zircón de esa época y que contienen ciertos vestigios orgánicos de probable origen biológico.

Corcho entrevista en el reportaje a Chandra Wickramasinghe, defensor de que la vida pudo llegar del espacio.  En los años setenta, el astrónomo Fred Hoyle (1915-2001) y el matemático Chandra Wickramasinghe (nacido en 1939) lanzaron la tesis de que los cometas expandieron la vida por el cosmos. Desde entonces, Wickramasinghe, nacido en Sri Lanka y profesor de la Universidad de Buckingham, en Inglaterra, ha insistido en esta polémica idea, bautizada como panspermia.

¿Qué pruebas existen para defender que la vida procede del espacio?
En primer lugar, tampoco las hay de que comenzara en nuestro planeta. Las primeras bacterias habrían surgido a partir del momento en que podían sobrevivir, hace unos 4.000 millones de años. Esto ocurrió a finales del llamado eón Hádico, cuando la Tierra sufrió un episodio de terribles impactos de cometas. Es probable que estos cuerpos celestes trajeran agua a la Tierra y portaran vida.

¿Excluye, entonces, la idea de que los primeros organismos surgieron de un medio inerte?
La aparición de células autorreplicantes simples a partir de una sopa prebiótica –a través del mundo de ARN o cualquier otra ruta propuesta– implica horrendas improbabilidades. Si nos alejamos del pequeñísimo volumen que ocupaban los océanos primordiales de la Tierra y tenemos en cuenta un escenario mucho más amplio, cerramos la brecha de lo sumamente improbable. Esta es la razón para invocar que la vida es un fenómeno cósmico: se habría originado una sola vez en la historia del universo, y la panspermia se ocuparía del resto.

Por otro lado, la Tierra es un ámbito abierto, y las células y su material genético se pueden mover con facilidad, entrando y saliendo del planeta una vez que se han establecido. Por ejemplo, si un cometa o un asteroide golpea la Tierra, una pequeña fracción de los materiales expulsados puede alcanzar los sistemas planetarios circundantes. Recientemente, se ha estimado que el número de exoplanetas presentes en nuestra galaxia puede superar los... ¡140.000 millones! Esto significa que la distancia entre mundos extrasolares potencialmente habitables es solo de algunos años luz. Hablamos de una magnitud muy pequeña desde el punto de vista astronómico, y que puede ser sorteada con facilidad por procesos panspérmicos.

¿Cree que su tesis tiene ahora  más fundamento que cuando la propuso hace cuarenta años?
Sí. La respalda el descubrimiento de que una importante fracción del carbono del universo se encuentra en forma de moléculas biológicamente relevantes. Además, estudios recientes indican que los cometas se componen de un material similar.
Por último, las detecciones de células bacterianas en muestras de polvo cometario recogido en la alta estratosfera debería convencernos de que somos parte de una sola biosfera conectada.





lunes, 19 de octubre de 2015

Descubren en truchas un mecanismo indispensable para la ovulación de los peces

Investigadores de la Universidad de Barcelona han identificado un mecanismo clave en la ovulación. El estudio, publicado en la revista Scientific Reports, muestra cómo la hormona luteinizante (LH) estimula la producción de los factores TNF-a y PGF2-a, que conducen a la liberación del ovocito. La investigación, dirigida por Josep Planas, profesor titular del Departamento de Fisiología e Inmunología y miembro del Instituto de Biomedicina de la UB, se ha realizado con folículos ováricos de un pez teleósteos —un subtipo de peces que agrupa a la mayoría de peces comunes, como la trucha—; pero los resultados también son importantes para entender la ovulación en humanos y la infertilidad femenina, ya que el mecanismo básico de la acción de la LH sobre el ovario se ha conservado a lo largo de la evolución y, por tanto, es similar en los mamíferos.