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martes, 24 de mayo de 2016

¿A qué se debe la lluvia de estrellas?


A lo largo de todo el año, pero preferentemente en los meses de verano, sobre todo por cuestiones meteorológicas y de visibilidad, podemos disfrutar de las llamadas lluvias de estrellas, comenta Miguel Ángel Sabadell en la revista Preguntas y Respuestas de Muy Interesante.

Todo o casi todo en este asunto tiene que ver con los cometas. Estos son, en esencia, bolas de nieve y roca. Cuando se aproximan al Sol, el agua congelada que acarrean empieza a sublimar, esto es, a pasar directamente a estado de vapor, lo que da origen a su característica cola. La baba de un cometa. Pues bien, la cola, además de dejarnos con la boca abierta, va depositando un haz de partículas pequeñísimas por donde pasa. Como muchos cometas orbitan alrededor del Sol –otros solo lo visitan una única vez–, en cada pasada van dejando una cinta de ellas, al igual que un caracol deja su rastro en el campo. Y cuando la Tierra cruza por una de estas cintas, algunos de esos restos rozan con la atmósfera, se ponen incandescentes y… ¡ahí tenemos nuestra lluvia de estrellas! Pero esas partículas cometarias no son las únicas que caen sobre nuestro planeta. También lo hacen micrometeoritos.

A todas las horas. De hecho, el Sistema Solar está literalmente plagado de ellos, afirma Sabadell. Es por eso por lo que podemos ver las estrellas fugaces en cualquier día del año y a cualquier hora: basta con que un micrometeorito despistado acabe precipitándose en nuestra atmósfera. Pero con ellos sucede algo distinto que con los cometas: es posible que ese micrometeorito no se desintegre y queden partículas flotando por la atmósfera hasta que la lluvia las arrastra al suelo. Esto sucede a diario, de manera que la Tierra aumenta de peso unas dos toneladas al día por el polvo de meteorito que cae sobre su superficie.



martes, 29 de marzo de 2016

El enigma de los planetas gigantes


Puedes disfrutar del reportaje completo en la revista
Muy Interesante de abril.

Los astrofísicos están más cerca de descifrar los mecanismos que dan lugar a los mundos más grandes del cosmos –gigantes de gas como Júpiter o Saturno–, los más numerosos entre los detectados fuera del Sistema Solar.


Durante siglos ha supuesto todo un enigma el proceso por el que llegaron a formarse los gigantes gaseosos del Sistema Solar: Júpiter, Saturno, Neptuno y Urano, mucho más grandes que los planetas rocosos –el primero tiene 318 veces más masa que la Tierra y es 1.400 veces más voluminoso–, pero de una menor densidad debido a su naturaleza gaseosa. ¿Pero todo en ellos es gas?
Existen discrepancias entre los científicos acerca de la composición del núcleo: algunos investigadores, como los de la Universidad de Colorado, creen que es una mezcla de roca, metal e hidrógeno; otros, caso de los de la Universidad de California en Berkeley, apuntan que el corazón de estos cuerpos celestes podría ser una fusión de elementos sin definir, comenta nuestro editor de ciencia Miguel Ángel Sabadell en el artículo Planetas gigantes que publica en la revista Muy Interesante n.º 419 el mes de abril..

Harold Levison / Foto: Henry Throop
Existen muchos misterios en torno a estos planetas vaporosos, también llamados jovianos, aunque estamos más cerca de saber cómo surgieron. Y ello gracias a los recientes hallazgos de un equipo de científicos del Instituto de Investigación del Suroeste, en Boulder (EE. UU.), y de la Universidad Queen, en Kingston (Canadá). Liderados por Harold Levison, astrónomo especializado en mecánica planetaria, estos expertos creen que la clave se encuentra en unas habichuelas planetarias que nos llevarán a vislumbrar el origen de los cuatro gigantes de nuestro sistema solar.
El trabajo, publicado hace pocos meses en la revista Nature, propone que la acumulación gradual de objetos de, como mucho, un metro de diámetro –las habichuelas o pepitas– puede explicar cómo se formaron estos mundos, y su planteamiento predice la creación de uno a cuatro gigantes gaseosos por estrella. “Hasta donde sabemos, este modelo es el primero en reproducir la estructura del Sistema Solar exterior, con dos gigantes gaseosos, otros dos gigantes helados –Urano y Neptuno– y un prístino cinturón de Kuiper”, explica Martin Duncan, uno de los autores del ensayo.
Júpiter

Los primeros trabajos en el campo de la recreación de sistemas planetarios datan de los años 60 y suponían que estos cuerpos celestes aparecían por agregación de partículas contenidas en la nube de polvo y gas que rodea a una estrella joven. En décadas posteriores, se introdujeron algunas variables, como las interacciones gravitatorias y las colisiones entre planetoides –objetos más pequeños que los planetas, pero mayores que los asteroides y cometas–, y se fue perfilando que, en el disco protoplanetario, esto es, la zona alrededor de la estrella en la que nacen los planetas, lo primero que se forma son núcleos de hielo y roca que acaban siendo los centros de esos objetos cósmicos. Luego, el gas y el polvo interestelar se van fijando a ellos, haciéndolos crecer poco a poco.
Pero este modelo tenía un talón de Aquiles: y es que si queremos que se acumule una atmósfera importante, como la que posee cualquier gigante gaseoso, se necesita un núcleo sólido de al menos diez veces la masa de la Tierra. Y, para ello, han de pasar muchos millones de años, algo de lo que no disponen estos titanes, porque para crecer necesitan alimentarse del gas que rodea a su estrella, y esta, diez millones de años después de haber nacido, ha dejado su sistema limpio de dicho elemento.

El nacimiento de un gigante gaseoso, en cinco etapas /
Infografía: José Antonio Peñas
Por tanto, la Tierra y demás planetas rocosos pueden tardar en formarse los treinta millones de años que predice la teoría, pero los gigantes gaseosos tuvieron que ver la luz veinte millones de años antes, cuando el gas no había desaparecido aún del Sistema Solar primigenio.
¿Cómo resolver el enigma? Levison y sus colegas se percataron de que la respuesta estaba en lo que llamaron acreción de pepitas. Pensaron que estas debían formarse a un ritmo tan lento como para permitir que los planetesimales –agregados de materia de los que nacen los planetas– tuvieran tiempo para dispersar a sus hermanos del disco de pepitas y así quedarse con todo el pastel.


domingo, 6 de marzo de 2016

¿Por qué se forman halos alrededor del Sol?




Dice Miguel Ángel Sabadell en la revista Preguntas y Respuestas n.º 36 de Muy Interesante que un halo es ese círculo luminoso que en los días fríos podemos ver rodeando el Sol, y, a veces, la Luna. Pero si nos fijamos, descubriremos algo realmente interesante: el halo aparece siempre a la misma distancia del astro rey, 22 grados angulares, más o menos lo que ocupa en el cielo la mano abierta con el brazo extendido.


El halo, según Sabadell, se forma cuando la luz se refracta en los cristales de hielo de forma hexagonal que se forman en la parte alta de la atmósfera. El ángulo mínimo de desviación es de 22º: 21,54º para el rojo; y 22,37º para el azul. Por este motivo, la parte interior del halo suele tener una tenue tonalidad rojiza; la exterior es azulada.
Igualmente, si prestamos atención veremos que el interior del halo es más oscuro que el exterior, debido a que la luz no sale refractada a ángulos bajos. Curiosamente, un halo se puede ver del orden de cien veces a lo largo de un año, lo que lo convierte en un fenómeno más común que el arcoíris.




Por qué llamamos Vía Láctea a nuestra galaxia

También conocida como Camino de Santiago, la Vía Láctea se eleva 
sobre el faro de Punta Nariga, en la costa de la Muerte (Galicia). 
La imagen, tomada por Carlos F. Turienzo, ganó el prestigioso galardón 
Epson International Pano Award 2015.


En las noches claras, sin luna y libres de contaminación lumínica podemos disfrutar de un maravilloso espectáculo en el firmamento: la banda blanca algodonosa y fulgurante que se extiende en un semicírculo sobre nuestras cabezas. Hoy a nadie extraña este fenómeno, pues sabemos que los infinitos puntos brillantes constituyen los millones de estrellas que componen nuestra galaxia, la casa del Sistema Solar. No obstante, en un pasado remoto, el hombre carecía de los conocimientos astronómicos actuales y recurría a la interpretación para dar sentido a la realidad que le rodeaba, lo que dio lugar a variados mitos y leyendas. Para los incas, por ejemplo, esta franja luminosa era la personificación celestial de su río sagrado, el Willka Mayu, hoy llamado Vilcanota. Según los egipcios, la Vía Láctea había sido obra de la diosa Isis, que esparció gran cantidad de trigo en la bóveda celeste. Los esquimales distinguían en ese brillo blanquecino un sendero de nieve; y los bosquimanos, los rescoldos luminosos desprendidos de sus hogueras.

 El origen de la Vía Láctea (1578),  por Jacopo Robusti Tintoretto


Los antiguos griegos, por su parte, vieron en esta formación estelar la leche que la diosa Hera derramó de su seno cuando al despertar descubrió que el niño que estaba amamantando era el aborrecido Heracles, fruto de uno de los tantos devaneos de su esposo Zeus, dice Cristina García-Tornel en la sección De Palabras de la revista Preguntas y Respuestas n.º 36, de Muy Interesante. Esto explica por qué los helenos la bautizaron galaxias kyklos, que significa ‘círculo o anillo de leche’. Más tarde, los romanos, influenciados por la mitología griega, la llamaron via lactea, esto es, ‘camino de leche’. Este término latino se establecería finalmente para dar nombre a nuestra galaxia, entonces considerada como la única existente, mientras que la voz griega galaxias, ‘lechoso’ (de gála, ‘leche’), se adoptaría después para designar a los sistemas galácticos, posteriormente descubiertos.





10 curiosidades sobre las galaxias



Por qué ocurre el déjà vu



Tres de cada personas personas dice haber experimentado alguna vez en su vida un déjà vu, esa sensación de estar viviendo una realidad ya conocida. En la revista Muy Interesante del mes de marzo te contamos cuál es el origen neurológico de este tipo de paramnesia de reconocimiento en el que la personas cree haber vivido, visto o sentido algo con anterioridad, y que algunos asocian con fenómenos paranormales.


Que algunos sujetos recuerden nítidamente hechos, detalles o personas como si pertenecieran a una vida propia anterior no es tan raro. En un estudio de 2013, Brian Dias y Kerry Ressler, del Centro Nacional de Investigación de Primates de Atlanta, explican que algunos datos de la memoria se pueden heredar de una generación a otra. En experimentos con ratones, vieron que la descendencia podía recordar olores que habían percibido sus progenitores y no ellos, como si el recuerdo fuera propio. Esta forma de herencia memorística epigenética implica transmitir a la prole información que, en cierto sentido, pertenece a una vida anterior: la de sus ancestros.

Déjeuner Déjà Vu, una escultura de J. Seward Johnson 
Según explica Elena Sanz en el dossier 10 experiencias paranormalesdesmontadas por la ciencia, que publica en la revista Muy Interesante n.º 418 del mes de febrero, otro mecanismo natural que puede confundirse con una regresión al pasado es el fenómeno conocido como déjà vu –‘ya visto’, en francés–. En torno al 70% de las personas dice haber experimentado alguna vez en su vida esa sensación de estar viviendo una realidad ya conocida. Lo cierto es que se trata de una paramnesia, es decir, un falso recuerdo. La explicación no hay que buscarla en vidas pasadas, sino en pequeños lapsus en el almacenamiento de la memoria por el cerebro.
Es interesante saber que podría existir una cierta predisposición según la cartografía cerebral: un estudio británico revelaba en la revista Cortex que existen unas estructuras de los lóbulos temporales medios del encéfalo vinculadas a los recuerdos que son algo más pequeñas en sujetos que han experimentado paramnesia si se compara con quienes no la han sentido, concluye Elena Sanz.



jueves, 25 de febrero de 2016

¿Qué significa la 'S' de Superman?




La respuesta depende de la fuente a la que se acude, afirma Maite Grimán en la revista Extra Preguntas y Respuestas n.º 35 de Muy Interesante. A lo largo de los tebeos, las películas y las series de televisión ha ido variando el escudo, que luego ha servido de inspiración para el desarrollo de otros superhéroes como Batman. Por un lado, el emblema es un brillante elemento estético en el diseño del personaje de DC Comics. Pero la familia, tanto biológica como adoptiva del personaje, tiene mucho que decir en el tema. En Superman: The Movie (Richard Donner, 1978), la S representa el escudo de armas de la Casa de El, en el planeta Krypton, a la que pertenece nuestro protagonista, Kal-El, hijo de Jor-El.

En otras referencias, es la madre adoptiva en la Tierra, Martha Kent, quien cose el famoso disfraz con las mantas que iban en la cápsula que trajo al futuro superhombre del espacio y donde también viajaba el emblema. O es su padre adoptivo, Jonathan Kent, quien idea el icono a partir de la imagen de una serpiente en una manta que unos indios americanos regalan a un antepasado suyo en agradecimiento por haberlos curado de una enfermedad.

Aún hay más: el propio Superboy explica en un cómic que él mismo eligió la letra en representación de su cometido: salvar vidas (Save lives), detener el crimen (Stop crime) y ofrecer superayuda (Super-aid) a quien la necesite. Ya de adulto, Superman le explica a su amada Lois Lane en el film El hombre de acero (Zack Snyder, 2013) que se trata del símbolo kryptoniano de esperanza.

Por cierto, los apellidos de los autores del cómic original empiezan por S: Jerry Siegel y Joseph Shuster son los creadores de esta leyenda del superalien que fue criado en Smallville, Kansas (aquí falló la inicial). Pedimos disculpas a los fans si nos hemos dejado alguna explicación por el camino; Sheldon Cooper no pudo atender nuestra llamada; y son él y sus colegas la fuente mejor informada.


domingo, 14 de febrero de 2016

El misterioso origen de la conciencia

Si el tema te interesa, lo puedes seguir leyendo en
la revista Muy Interesante de febrero del 2016

Filósofos y neurocientíficos abordan el problema de la conciencia con posturas encontradas: mientras unos creen que es una simple ilusión fabricada por el cerebro, otros sostienen que sí existe, aunque no esté localizada en un lugar concreto. 

Francis Crick (1916-2004), biólogo y físico con el Premio Nobel bajo el brazo por la descripción de la doble hélice del ADN, fue quien se atrevió a dar el paso decisivo y acabar con el ostracismo científico en el que se encontraba el estudio de la conciencia. Básicamente, el problema al que se enfrentaba Crick era el siguiente: ¿cómo puede ser que un sistema físico genere estados conscientes? En 1995, el filósofo de origen australiano David Chalmers declaró que existía un problema difícil y un problema fácil de la conciencia. El primero consistiría en tratar de responder a la pregunta de cómo puede ser que un sistema físico genere estados conscientes, algo del todo irresoluble, según él. En cambio, el problema fácil, que básicamente trataría de explicar cómo guarda y computa la información el cerebro, no es que fuera moco de pavo ni mucho menos, pero sí que podría solucionarse siguiendo la metodología sistemática de la ciencia, dice el autor del artículo, Roger Corcho, en el dossier Grandes enigmas de la ciencia que publica en la revista Muy Interesante del mes de febrero.

Chalmers, en definitiva, lo que planteaba es que la ciencia solo podía aspirar a explicar los aspectos menores y secundarios que rodean a la conciencia. Pero Crick ya se había propuesto resolver el problema difícil mucho antes de que Chalmers introdujera esta dualidad. En ese mismo año de 1995 vio la luz La búsqueda científica del alma, libro donde Crick presentó al público las investigaciones que había llevado a cabo hasta la fecha. “Nuestros gozos y nuestras penas, nuestros recuerdos y nuestras ambiciones, nuestro sentido de identidad personal y de libre albedrío, no son en realidad sino la conducta de vastos ensamblajes de neuronas y de sus moléculas asociadas”, manifestó el biólogo. Solo faltaba dilucidar el proceso que conducía de la masa gris a la mente consciente.

El periodista científico Roger Corcho entrevista para el dossier de Muy Interesante, donde desarrolla cuatro de los mayores misterios de la ciencia –los orígenes del universo, la materia, la vida y la conciencia–, a John Searle (Denver, Colorado, 1932), leyenda viva de la filosofía, imparte su magisterio en la Universidad de California, en Berkeley, desde hace 56 años.

-Es un escándalo que en un tema como el de la conciencia no haya acuerdo ni siquiera sobre su existencia...
-Filósofos como Daniel Dennett están atrapados en la idea de que reconocerla implicaría asumir alguna forma de misticismo y la inmortalidad del alma. Yo afirmo que es un fenómeno biológico localizado en el cerebro, como la digestión tiene lugar en el estómago, mientras  que Dennett lo compara con un programa de ordenador.

-Los astrónomos resuelven sus disputas con datos. ¿Sería posible dirimir así este asunto?
Habría que vencer 2.000 años de tradiciones equivocadas, algo que no se consigue de la noche a la mañana. La locura de una posición como la de Dennett se olvidará rápidamente. Durante centurias se nos ha explicado que la conciencia no podía ser una parte de nuestro mundo físico. Y, por supuesto, sí lo es.

-¿Concepciones erróneas pueden conducir a investigaciones inútiles?
Con las tecnologías actuales podemos señalar el lugar en el cerebro donde un individuo ha dejado de ver un pato y ve un conejo, mientras que yo defino la conciencia como una característica global. Aunque algunos científicos exploran esa vía, como Rodolfo Llinás y Wolf Singer, el problema es que las técnicas de investigación locales son mucho mejores. Hay dos procedimientos comunes: el estudio de una sola neurona para observar cómo se enciende bajo determinadas condiciones; y la resonancia magnética funcional, que muestra la actividad de una zona del cerebro cuando se ejecuta una acción. Ambas estrategias se atienen a puntos concretos, no al conjunto. El lingüista Noam Chomsky ha asegurado que nunca seremos capaces de entender qué es la conciencia... Sabemos que el cerebro la crea mediante procesos neurobiológicos. No hay razón para que no lleguemos a comprender cómo surge.





jueves, 4 de febrero de 2016

¿Llegó la vida a la Tierra desde el espacio?

¿Apareció solo una vez o hubo antes varios pasos en falso? ¿Es un fenómeno autóctono o puede producirse en cualquier otro lugar del cosmos? El salto de la química inerte a la biología sigue planteando más preguntas que respuestas. Roger Corcho investiga en el dossier Grandes enigmas de la ciencia que publicamos en la revista Muy Interesante N.º 417 qué saben los biólogos a fecha de hoy sobre cómo surgió la vida en nuestro planeta hace 4.100 millones de años, según un reciente análisis realizado en cristales de zircón de esa época y que contienen ciertos vestigios orgánicos de probable origen biológico.

Corcho entrevista en el reportaje a Chandra Wickramasinghe, defensor de que la vida pudo llegar del espacio.  En los años setenta, el astrónomo Fred Hoyle (1915-2001) y el matemático Chandra Wickramasinghe (nacido en 1939) lanzaron la tesis de que los cometas expandieron la vida por el cosmos. Desde entonces, Wickramasinghe, nacido en Sri Lanka y profesor de la Universidad de Buckingham, en Inglaterra, ha insistido en esta polémica idea, bautizada como panspermia.

¿Qué pruebas existen para defender que la vida procede del espacio?
En primer lugar, tampoco las hay de que comenzara en nuestro planeta. Las primeras bacterias habrían surgido a partir del momento en que podían sobrevivir, hace unos 4.000 millones de años. Esto ocurrió a finales del llamado eón Hádico, cuando la Tierra sufrió un episodio de terribles impactos de cometas. Es probable que estos cuerpos celestes trajeran agua a la Tierra y portaran vida.

¿Excluye, entonces, la idea de que los primeros organismos surgieron de un medio inerte?
La aparición de células autorreplicantes simples a partir de una sopa prebiótica –a través del mundo de ARN o cualquier otra ruta propuesta– implica horrendas improbabilidades. Si nos alejamos del pequeñísimo volumen que ocupaban los océanos primordiales de la Tierra y tenemos en cuenta un escenario mucho más amplio, cerramos la brecha de lo sumamente improbable. Esta es la razón para invocar que la vida es un fenómeno cósmico: se habría originado una sola vez en la historia del universo, y la panspermia se ocuparía del resto.

Por otro lado, la Tierra es un ámbito abierto, y las células y su material genético se pueden mover con facilidad, entrando y saliendo del planeta una vez que se han establecido. Por ejemplo, si un cometa o un asteroide golpea la Tierra, una pequeña fracción de los materiales expulsados puede alcanzar los sistemas planetarios circundantes. Recientemente, se ha estimado que el número de exoplanetas presentes en nuestra galaxia puede superar los... ¡140.000 millones! Esto significa que la distancia entre mundos extrasolares potencialmente habitables es solo de algunos años luz. Hablamos de una magnitud muy pequeña desde el punto de vista astronómico, y que puede ser sorteada con facilidad por procesos panspérmicos.

¿Cree que su tesis tiene ahora  más fundamento que cuando la propuso hace cuarenta años?
Sí. La respalda el descubrimiento de que una importante fracción del carbono del universo se encuentra en forma de moléculas biológicamente relevantes. Además, estudios recientes indican que los cometas se componen de un material similar.
Por último, las detecciones de células bacterianas en muestras de polvo cometario recogido en la alta estratosfera debería convencernos de que somos parte de una sola biosfera conectada.





sábado, 30 de enero de 2016

¿Cuál es el origen del nombre de los signos del Zodíaco?


La artista de bodypainting Trina Merry, de Nueva York, funde los cuerpos desnudos
 de sus modelos para convertirlos en los símbolos del Zodiaco. En la imagen, un
grupo de mujeres se coloca para transformarse finalmente en Leo –izquierda–.  

Ya los pueblos antiguos, desde babilonios y egipcios hasta griegos y romanos, sentían admiración por las estrellas que brillaban en el firmamento, pues la disposición de estas servía, entre otros fines prácticos, para la orientación y la medición del tiempo. El trazo de líneas entre las que formaban grupos, las constelaciones (del latín cum stellae, ‘estrellas reunidas’), sirvió para facilitar su identificación, nos cuenta la filóloga Cristina García-Tornel en la revista Preguntas y Respuestas de Muy Interesante.

El resultado de esas composiciones fueron diversas formas, algunas de las cuales entraron a formar parte de los doce signos del Zodiaco o Zodíaco. Esta palabra halla su origen en el griego: a partir de zoon, ‘animal’, se forma zodion, ‘figurita de animal’, y zodiakós, ‘relativo a las figuritas animales’. Y, dado que desde tiempos remotos se creía en la influencia de las estrellas en el destino del hombre, podría decirse que siempre existió la figura del astrólogo, que lee el horóscopo, vocablo asimismo procedente del griego: horóskopos, ‘que observa la hora’ del nacimiento para predecir el futuro. Vestigios de este viejo vínculo entre los astros y los acontecimientos humanos, que carece de valor científico, quedan reflejados en nuestra lengua en voces como desastre o estrellarse o dichos tales como “nacer con estrella”, “tener buena o mala estrella” o “unos nacen con estrella y otros estrellados”. A continuación, algunos de los signos zodiacales y su origen: