jueves, 5 de mayo de 2016

¿Es cierto que solo usamos el 10 % del cerebro?


Las leyendas y las creencias más difíciles de erradicar no son necesariamente las más fantasiosas. Existen muchas medias verdades o mentiras enteras que nacen a partir de confusiones y malas interpretaciones de la ciencia. 

Nuestro editor de ciencia Miguel Ángel Sabadell aborda cuatro de ellas en el reportaje 4 mitos que se resisten a morir y que publicamos en el revista Muy Interesante n.º 420 del mes de mayo: solo usamos el 10% de nuestro cerebro; el frío causa resfriados y estos se curan con antibióticos; la detección precoz del cáncer siempre salva vidas; y los antioxidantes son buenos y los radicales libres, malos.   




Sobre el mito científico de que solo utilizamos la décima parte del potencial del cerebro, Sabadell dice lo siguiente: Como si el resto estuviera permanentemente apagado, cuando las imágenes por resonancia magnética y las tomografías computarizadas llevan décadas demostrándonos justo lo contrario. Sería extraordinario que nuestra masa gris trabajara tan poco, porque nos encontraríamos ante la primera prueba palpable de que un órgano puede mantener sus funciones cuando el 90% de sus células no sirven para nada. ¿Y qué decir de los tumores cerebrales o los ictus? Sería una desgracia más que notable que siempre se cebaran con esa modesta décima parte que empleamos.

La osadía de los partidarios de esta suposición de origen indeterminado llega al extremo de atribuir a Albert Einstein una falsa cita en la que el célebre físico habría defendido su veracidad. Pero ¿de dónde viene la persistente fuerza de este mito? Quizá de nuestro narcisismo: nos gusta pensar que solo usamos un 10 % de nuestra capacidad cerebral. Si hacemos tanto con tan poco, ¿hasta dónde llegaríamos si aprovecháramos el resto? 

Las pruebas en contra de esta idea son abrumadoras. Nuestro gran cerebro exige una cabeza de buen tamaño, y por eso nacemos antes de estar preparados para sobrevivir solos. De seguir desarrollándonos en el útero, la cabeza crecería hasta no pasar a través del cuello uterino en el parto. Y no tiene sentido desde el punto de vista evolutivo desarrollar un órgano que vamos a desperdiciar casi por completo. Si la afirmación se refiere al 10% de las regiones del cerebro, es fácil de refutar. Los escáneres han probado que una acción tan simple como cerrar y abrir un puño requiere la participación de mucho más que la décima parte del cerebro. Si se quiere decir que alude a las neuronas, el absurdo es total: son demasiado valiosas y complejas para que el organismo deje a nueve de cada diez en el paro.   

El cerebro permanece ocupado incluso cuando no hacemos nada, dice Sabadell. Bastante tiene ya con controlar funciones inconscientes como la respiración y el latir del corazón. Y las tecnologías de imagen nos han enseñado que su actividad es intensa hasta en lo más profundo del sueño, en el que se implican gran número de zonas cerebrales. 



Puedes seguir leyendo el reportaje en la revista
Muy Interesante del mes de mayo.




El campo magnético permitió el desarrollo de la vida en la Tierra




En el espacio, las partículas subatómicas cargadas que integran los omnipresentes rayos cósmicos constituyen una amenaza para cualquier ser vivo. En la Tierra, estamos a salvo gracias al campo magnético magnético que la rodea. De hecho, muchos astrónomos sostienen que sin su protección la aparición de la vida hubiera sido imposible. 

Ahora, un estudio impulsado por unos investigadores del Centro de Astrofísica Harvard-Smithsonian, en EE. UU., y la Universidad Federal de Río Grande del Norte en Brasil parece apoyar esta idea, según informamos en la revista Muy Interesante n.º 420 del mes de mayo. Para determinarlo, se han fijado en Kappa Cetti, una estrella parecida al Sol situada a treinta años luz. Esta tiene entre cuatrocientos y seiscientos millones de años, más o menos la edad que tenía la Tierra cuando la vida surgió en ella. No obstante, emite un chorro de partículas cincuenta veces mayor que el del astro rey. Tal bombardeo podría arrasar la atmósfera de cualquier mundo en la zona habitable del sistema que no contara con un paraguas magnético. Pues bien, los modelos de estos científicos sugieren que incluso el de la joven Tierra habría garantizado el desarrollo de los primeros organismos.




martes, 3 de mayo de 2016

Microquimerismo fetal: los otros que llevas dentro


Años después de tu nacimiento, el cuerpo de tu madre sigue albergando células tuyas, que han  colonizado algunos de sus órganos e influido en su salud. La ciencia está desvelando las claves de este fenómeno llamado microquimerismo fetal.


Todos y cada uno de nosotros estamos formados por células; de media, unos 37 billones. Esas pequeñas factorías de vida que nos constituyen se enfrentan a sus quehaceres diarios siguiendo un manual de instrucciones personalizado que lleva por título El ADN y del que todas las células del individuo albergan la misma versión. O eso se creía hasta que, a principios de los años 70, los científicos encontraron una excepción que tenía un origen natural: se habían detectado células masculinas en la sangre de mujeres embarazadas, informa Laura Mojardín en el artículo Los otros que llevas dentro que publicamos en la revista Muy Interesante n.º 420 del mes de mayo. Este hallazgo indicaba que algunas células del feto habían sido capaces de atravesar la placenta y acceder al sistema circulatorio de la madre. 

La mayoría de los investigadores no consideraron entonces que esta pequeña transferencia pudiera tener una repercusión biológica significativa. Sin un soporte adecuado, lo más probable era que esas intrusas degenerasen y acabasen por desaparecer en un periodo relativamente corto de tiempo.

Por otra parte, la tecnología de aquellos años no permitía un análisis en profundidad de las características de esas extranjeras. La sorpresa llegó a finales de los 90, cuando se descubrió que en la sangre, los pulmones, el hígado, el cerebro y otros órganos de mujeres que habían estado embarazadas incluso hacía décadas se encontraban células de sus hijos. En todos los estudios publicados hasta la fecha, la identificación de esas células fetales se ha llevado a cabo mediante la detección del cromosoma Y exclusivo de varones. Esto es debido a la facilidad con la que se pueden distinguir células masculinas en una mujer.

El procedimiento más común para lograrlo consiste en amplificar una región específica situada en el cromosoma Y mediante la reacción en cadena de la polimerasa (PCR, por sus siglas en inglés), una técnica extremadamente sensible que permite identificar una célula masculina entre un millón de las femeninas. Otro método complementario utiliza la llamada hibridación fluorescente in situ (FISH) para visualizar las células que contienen el cromosoma Y. El empleo de ambas estratagemas ha permitido demostrar que la adquisición de células fetales es un suceso común durante el embarazo, ya que, aunque los estudios se hayan centrado por cuestiones metodológicas en células procedentes de fetos varones, es presumible que las células fetales femeninas se comporten de la misma manera, señala Mojardín en el artículo.



La persistencia de estas visitantes en el cuerpo de la madre podría deberse, según un estudio publicado en la prestigiosa revista The Lancet por el experto en medicina fetal Nicholas M. Fisk, a su capacidad para establecerse en la médula ósea, tejido que actuaría como un reservorio desde el que estas células podrían migrar a la sangre y dispersarse por los distintos órganos. En concreto, se estima que millones de células provenientes del feto podrían estar formando parte del cuerpo de sus madres. Este obsequio tan inesperado se conoce con el nombre de microquimerismo fetal en alusión a Quimera, una criatura de la mitología griega que vomitaba llamas, tenía cabeza de león, vientre de cabra y cola de dragón.

Este asombroso hallazgo amplía de manera sustancial nuestra visión convencional del vínculo materno-filial. La relación entre las madres y sus vástagos sobrepasaría el ámbito emocional para llegar, en cierto modo, a una conexión física. Nuestros hijos no solo forman parte de nuestra vida, sino también de nuestro organismo, incluso desde fases muy tempranas del embarazo. 

Tan pronto como a las cinco semanas de gestación ya se detectan células fetales en la sangre periférica materna. Esta migración tan precoz, unida a la capacidad de permanencia de estas células en el cuerpo de la progenitora, tiene una implicación importante para las mujeres que han sufrido un aborto, una situación muy frecuente que ocurre en el 50% y el 70% de todas las concepciones y en el 15% y el 20% de los embarazos clínicamente probados, según datos de la Asociación Estadounidense del Embarazo. 

A pesar de la gran pérdida que supone un aborto, los descendientes malogrados habrían encontrado la forma de vivir para siempre en sus madres como células que pasan a formar parte de ellas. Según el profesor Ralph P. Miech, de la Facultad de Medicina Alpert, en la Universidad Brown (EE. UU.), es precisamente durante un aborto cuando se produce una mayor transferencia de células fetales hacia la progenitora, quizá en un último intento de aferrarse a la vida.

Puedes seguir leyendo el reportaje en la revista
Muy Interesante del mes de mayo.


lunes, 2 de mayo de 2016

Cansados se aprende mejor, afirma este estudio


Un estudio realizado por un equipo de investigadores de la Universidad Libre de Bruselas, entre los que figura el español Guillermo Borragán, y publicado en Frontiers in Human Neuroscience ha llegado a la conclusión de que podemos aprender mejor cuando estamos cansados, según informa la revista Muy Interesante del mes de mayo. 

Aunque no todos los aprendizajes fluyen mejor en condiciones de cansancio, ya que el fenómeno es más claro cuando se trata de asimilar los que se basan en procedimientos, como la coordinación necesaria para montar en bici o la capacidad de predecir patrones que se repiten. Y esto sucede porque el cansancio y la fatiga mental reducen el control cognitivo que normalmente se opone a la adquisición automática de nuevos procedimientos.

Con anterioridad ya se había evidenciado esa enfatizada capacidad de aprendizaje en situaciones como, por ejemplo, la hipnosis. Pero fue su presencia en la fatiga crónica la que inspiró este estudio. Saber de esta capacidad de aprender en estados de cansancio puede resultar de utilidad en áreas como la organización de horarios escolares o de entrenamientos deportivos, entre otras muchas.



Cómo construyeron los egipcios sus pirámides




¿Cómo levantaron los egipcios las pirámides? Esta es la pregunta que muchos de nosotros nos hacemos cuando admiramos de cerca la majestuosidad de los monumentos faraónicos. Nada de alienígenas ni tecnologías ocultas: la respuesta es una combinación de ingenio y tiempo, un factor que les sobraba a los egipcios.

Un usuario avanzado de internet puede aprender cómo funciona casi cualquier aparato. Además, es probable que en la Red haya un vídeo tutorial que le enseñe a construírselo él mismo. Hoy, el conocimiento se ha diversificado tanto que prácticamente todo el mundo tiene acceso a todo. Pero cuando se levantaron las pirámides egipcias hace unos 4.500 años, el saber era exclusivo de unos pocos y se transmitía de forma oral de maestro a aprendiz. No había rollos de papiro donde se explicara cómo levantar un bloque de quinientas toneladas o cómo perforar con paciencia el granito para vaciar un sarcófago. Ese conocimiento era práctico y se basaba en la experiencia adquirida durante generaciones. 


Es habitual leer o escuchar que toda esa sabiduría se encontraba en la Biblioteca de Alejandría y que se perdió tras el incendio que sufrió esta en tiempos de Julio César. Yo no lo creo así, afirma el escritor, historiador y divulgador Nacho Ares en el artículo ¿Cómo lo hicieron? que publicamos en el especial La ciencia en la Antigüedad y que acompaña a la revista Muy Interesante n.º 240 de mayo. Los métodos de trabajo en el transporte de piedra, el desarrollo de planos para la construcción de edificios o los trabajos en las canteras para extraer material eran conocimientos que, para los egipcios, no tenía sentido poner por escrito y conservar. De lo contrario, habría llegado alguna copia hasta nosotros, al igual que se han preservado papiros médicos, matemáticos, mágicos y de otras muchas cuestiones.

Algo así debió de suceder con el paradigma de las antiguas construcciones egipcias, la Gran Pirámide que el faraón Keops ordenó erigir en la meseta de Guiza. Gracias a los textos, sabemos que fue este rey su impulsor hacia el año 2550 a. C. Según las últimas dataciones, su gobierno se prolongó durante unas tres décadas. Conocemos los lugares de donde proceden los bloques de caliza de la colosal construcción –la cantera de Tura– y los de granito –la cantera de Asuán–. Pero todo lo que rodea a cómo se construyó es aún mera suposición. La pregunta sigue esperando quien la responda: ¿cómo lo hicieron?

Para resolver el enigma, lo mejor que podemos hacer es empezar por la elección de los emplazamientos, dice Ares. En el Egipto de los faraones, el espacio que iba a albergar una construcción era lo más importante. Antes que pensar en el tipo de edificio y su tamaño había que escoger cuidadosamente la ubicación, que no se elegía ni por las vistas ni por la facilidad que pudiera suponer para la ejecución de las obras. Cada sitio recreaba un escenario sagrado y divino; el lugar donde la divinidad se manifestaba a los mortales. 
El significado de esos lugares se ha perdido, pero la sacralidad de los espacios que acogían templos o necrópolis es innegable. En el caso de la Gran Pirámide, conocemos por textos posteriores a Keops que la meseta de Guiza fue un centro de peregrinaje a lo largo de milenios, vinculado primero al culto del sol y luego a Osiris, el dios de la muerte. Allí debió de haber una suerte de horizonte mágico en el que los ritos de adoración al sol y al faraón como encarnación de la divinidad jugaban un papel importante.

No conservamos planos de la Gran Pirámide, pero podemos imaginarnos cómo eran por los que sí nos han llegado de otros monumentos. Algunas tumbas de la necrópolis tebana, en el actual Luxor, ofrecen pistas al respecto. Poseemos papiros y ostraca –lascas de piedra caliza usadas como soporte para el dibujo– con los planos de varias tumbas del Valle de los Reyes. Contamos, entre otros, con uno casi completo de la tumba de Ramsés IX, y varios papiros del Museo Egipcio de Turín nos describen el interior de la que fue la última morada de Ramsés IV.

Pero estos planos de la dinastía XX (hacia 1000 a. C.) son meros bocetos que solo muestran el dibujo de las galerías o el trazado de las cámaras y los contenidos que pudieran albergar tras el funeral. Por desgracia, no hay referencias sobre las medidas de sus pasillos, la altura de las paredes o la orientación del monumento. Muy posiblemente, los planos con toda esta información existieron, pero el tiempo nos los ha arrebatado.

No menos enigmático es saber quién los diseñaba. Si hablamos de arquitectos, la ambigüedad en los títulos empleados en Egipto nos plantea muchas dudas. No existía el término arquitecto, tal y como lo entendemos hoy. Tenemos que deducir que el cargo de jefe de las obras del faraón debía de ser ostentado por la persona que realizaba este tipo de tareas, pero no resulta seguro. Tres nombres protagonizan la historia egipcia en este campoEl primero de ellos es Imhotep, mano derecha del faraón Zoser (2650 a. C.), a quien se le atribuye la construcción de la pirámide escalonada en Saqqara, el primer gran edificio de piedra de la historia. Poco después nos encontramos con el jefe de las obras del faraón Keops, Hemiunu, a quien se responsabiliza de la Gran Pirámide, en cuyo sector oeste se encuentra su propia tumba. 

Mucho más clara es la función como arquitecto de Ineni. En el texto autobiográfico que podemos leer en su tumba de Luxor, Ineni asegura que él realizó algunas de las ampliaciones 
del templo de Karnak para Tutmosis I (1525 a. C.) y, lo más importante, que fue elegido por ese mismo faraón para excavar en la roca de la montaña de Tebas la primera tumba del Valle de los Reyes, explica Ares. 

ASÍ SE LEVANTABA UNA PIRÁMIDE
En el reportaje, también os ofrecemos una posible explicación de cómo se levantaban las pirámides. Que estas intimidantes tumbas no fueran obra de extraterrestres o el fruto de tecnologías desconocidas no reduce el asombro que produce contemplarlas, ni la admiración hacia la cultura capaz de levantarlas con unos medios que hoy resultan rudimentarios.
Los egipcios, muy versados en geometría, las edificaron con base cuadrada. Sus lados son triángulos equiláteros, y se piensa que es posible que conocieran la relación de proporciones entre la hipotenusa y los catetos en un triángulo rectángulo, que se concretaría muchos siglos después en el teorema de Pitágoras. 
Una reciente investigación de la Universidad de Ámsterdam ha descubierto que para acarrear grandes bloques de piedra –algunos de hasta sesenta toneladas de peso– sobre la arena del desierto, uno de los trabajadores iba vertiendo agua ante la parte delantera del trineo transportador, ya que la arena mojada no se acumula y facilita el deslizamiento.  





Puedes disfrutar del reportaje completo en
este especial que se vende conjuntamente con
la revista Muy Interesante del mes de mayo (abajo). 





domingo, 1 de mayo de 2016

¿Cómo se hacen los rayos artificiales?




Hay diversas formas de crear lo que parece un relámpago: mediante bobinas de Tesla, generadores de Van de Graaff, etc. Sin embargo, aunque en algunos casos alcancen decenas de metros, no se trata de verdaderos rayos, sino de potentes descargas eléctricas. 


Las bobinas de Tesla, por ejemplo, suelen producir altos voltajes, pero a intensidades bajas, de una fracción de un amperio. Para ser un verdadero rayo, el pulso de alto voltaje debe transportar, además, decenas de miles de amperios, explica Miguel Ángel Sabadell en la revista Preguntas y Respuestas n.º 36 de Muy Interesante.


Hay diversas maneras de provocar un rayo artificial. Una es a lo bruto, mediante la generación de una corriente de varios millones de voltios que saltará del electrodo a lo que haya más cerca, idealmente otro electrodo. Un millón de voltios genera un rayo que llega a más de metro y medio de distancia; en general, esta es proporcional al voltaje. Ahora bien, cuando esto sucede, el resto de objetos –incluidos nosotros– deben estar a 10 m de los electrodos para prevenir descargas colaterales. Una forma segura es tender un hilo conductor entre los electrodos, que servirá de guía en la trayectoria del rayo. La alta energía del pulso provoca su vaporización explosiva, a lo que sigue el relámpago: con un millón de voltios se puede generar uno de 12 metros.



¿Defecar en el campo afecta al medio ambiente?



Entre el equipaje indispensable para pasar un día al aire libre, se incluye un buen número de bolsas de basura en las que depositar los desechos que, al final de la jornada, irán a parar a un contenedor. Sin embargo, la idea con respecto a los excrementos no es la misma: en el campo, muchas veces no queda más remedio que aliviarse sobre el terreno. Aunque las heces humanas están constituidas por materia orgánica, su presencia no es positiva para el medio ambiente, sobre todo en zonas muy concurridas donde hay muchos visitantes que se ven obligados a defecar al aire libre, pues las cacas pueden tardar hasta un año en degradarse, señala la periodista Lucía Caballero en la revista Preguntas y Respuesta n.º 36 de Muy interesante. 

En primer lugar, dichos regalos ensucian los caminos para los siguientes visitantes; además, si están cerca de corrientes de agua o sobre acuíferos, pueden convertirse en fuente de contaminación. Por otro lado, a veces contienen virus, bacterias y parásitos causantes de enfermedades. Pese a que los excrementos de origen animal también pueden presentar estos agentes biológicos, su presencia no suele estar tan concentrada ni proceden de lugares ajenos. Por sus efectos, muchos campings y parques naturales prohíben esta práctica o indican que los excrementos deben ser recogidos.