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lunes, 14 de marzo de 2016

¿Las acampadas son buenas para el sexo?



En un artículo firmado por Nell Frizzell en The Guardian con el titular Why camping is a passion killer (Por qué la acampada mata la pasión) podía leerse que no hay nada mejor que “deslizarse en una claustrofóbica mortaja de nailon llena de olor a pies” para acabar con la lujuria, especialmente en una relación que se está iniciando. La periodista británica razonaba que el campismo es excesivamente íntimo –reduce el espacio personal durante días–, antihigiénico, incómodo y poco erótico. En suma, a priori puede parecer excitante encerrarte con tu pareja en una tienda de campaña, pero la realidad es más prosaica y nada afrodisiaca, comenta el psicoterapeuta Luis Muiño en la sección Amor y sexo de la revista Preguntas y Respuestas de Muy Interesante.

Abducidos. Pero no todo el mundo está de acuerdo con esto. Muchas personas recuerdan que esta opción vacacional les sirvió para tener algunas de las mejores experiencias sexuales de su vida. Las razones para defender el erotismo campista son también consistentes. En primer lugar está la sensación de alejamiento del mundo. Las tiendas de campaña pueden ser habitáculos claustrofóbicos, pero permiten a cambio dormir en medio de la naturaleza, en una especie de burbuja que nos hace sentir fuera de la civilización, señala Luis Muiño.

Por otra parte, estar en un lugar salvaje ayuda a conectar con nuestro lado más visceral, con las hormonas que nos empujan a ser más básicos y carnales. Es más fácil dejarse llevar en un medio así para explorar la sexualidad más profunda. La falta de comodidad y de higiene pueden compensar. Lo decía Woody Allen: “El sexo es sucio. Sobre todo si se practica correctamente”. Esa liberación de instintos también ayuda a salir del armario. Muchos homosexuales han tenido sus primeras relaciones (véase Brokeback Mountain) gracias a la libertad que produce estar aislado en medio de la naturaleza. 






jueves, 11 de febrero de 2016

Por qué el sexo lo cura (casi) todo



¿Jaqueca? ¿Dolor menstrual? ¿Pelo poco lustroso? ¿Falto de memoria? ¿Problemas de corazón? La actividad sexual es la estrategia más eficaz y placentera para prevenir y combatir muchos males.

La medicina cuenta con la polipíldora perfecta para mantener a tono la memoria y los músculos, conservar la próstata y controlar la tensión arterial, entre otras muchas cosas. El sexo es un recurso gratuito y siempre disponible para mejorar la salud. Ignorado y reprimido durante siglos, los médicos descubren cada día algún campo en el que aplicarlo. “Alivia la ansiedad, el insomnio, mejora la autoestima, actúa sobre el sistema inmunológico y cardiovascular y es un deporte con el que quemamos unas 150 calorías en cada relación. ¿Qué más queremos?”, dice Publio Coronado, ginecólogo del Hospital Clínico San Carlos deMadrid.

Visto lo bien que nos sienta, hay que deducir que la naturaleza dispuso de él no solo para asegurar la reproducción, sino como medio para alargar la existencia. La vida sexual ya se chequea en muchas consultas, y no solo cuando hay problemas. José Serres Márquez, presidente de la SociedadEspañola de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad (SEMAL), y sus compañeros de especialidad la consideran un aspecto clave del tratamiento médico para evitar que los años lleguen acompañados de achaques.

A sus pacientes les recomienda como regla de oro hacer cosas que les proporcionen placer, y cómo no, el sexo se halla en la lista: “Está demostrado que aumenta la longevidad, porque provoca la secreción de hormonas relacionadas con ella. La primera es la dehidroepiandrosterona (DHEA), que ayuda a prevenir la depresión y los males cardiovasculares y neurodegenerativos”. Sin duda alguna, el sexo activa una poderosa bioquímica en el organismo, especialmente en el sistema nervioso, que tiene efectos saludables, según cuenta el periodista biomédico Francisco Cañizares en el reportaje El sexo lo cura (casi) todo de la revista SALUD N.º 5 de Muy Interesante.






La intensidad del amor no varía entre las parejas de larga duración

El estudio analiza por primera vez la naturaleza del amor romántico 
en relaciones duraderas españolas. Foto: Víctor Asensio.
Un estudio pionero en el que participa la Universidad Complutense de Madrid analiza el amor romántico en parejas con edades entre los dieciocho y los ochenta años. El 17 % de los hombres y el 18 % de las mujeres afirmaron sentirse “muy intensamente enamorados”, una proporción que disminuía según aumentaba la duración de la relación. La investigación no ha encontrado diferencias en la intensidad del amor en las parejas que llevaban entre veinte y treinta años juntas o más de treinta.

¿La intensidad del amor romántico decae con el tiempo? Para comprobarlo,
investigadores de la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y de la Universidad
Estatal de Nueva York en Stony Brook (EE. UU.) han entrevistado a 2.988 parejas
heterosexuales de la Comunidad de Madrid con edades comprendidas entre los dieciocho y
los ochenta años. Es la primera vez que un estudio español analiza la naturaleza del amor
romántico en parejas con relaciones duraderas.

“Solo el 1 % de hombres y mujeres informaron “no estar enamorados”, lo que implica
que más del 90 % de los encuestados aseguraron sentir amor romántico hacia su pareja. La cuestión es la intensidad”, explica María Luisa Cuenca-Montesino, investigadora de la facultad de Psicología de la UCM y coautora del estudio, que aparece publicado en el Spanish Journal of Psychology. 

El 17% de los hombres y el 18% de las mujeres afirmaron sentirse “muy intensamente enamorados”, una proporción que variaba en función de la duración de la relación. Así, relaciones inferiores a diez años mostraban niveles más altos de esta intensidad, que iba decayendo al cruzar esa barrera de tiempo. “No encontramos diferencias significativas en la intensidad del amor en las parejas que llevaban entre veinte y treinta años, o más de treinta”, destacan los autores. En general, los porcentajes más elevados fueron los de las personas que decían sentirse “muy enamoradas”, un 32,1 %, y “enamoradas”, un 27,6 %. 

En parejas de más de diez años, las cifras se situaban en el 17,1% las “muy enamoradas”, y en el 18,9% las “enamoradas”, Por su parte, en parejas de cincuenta años de edad, el 4,3 % confesó sentirse “muy intensamente enamorada”, aunque no habían mantenido relaciones sexuales en el último mes. A través de cuestionarios, los investigadores también analizaron las variables que más influían en este amor. La felicidad en la relación de pareja fue la más importante. “La intensidad del amor puede ser un reflejo de la satisfacción en la relación”, señala Cuenca-Montesino. 


Pensar de forma positiva en la pareja y las relaciones sexuales también influían en gran medida en la relación. Los autores encontraron diferencias en cuanto al sexo, que era más importante para las mujeres que para los hombres. A ellas también les influía saber dónde estaba su pareja, algo que a ellos les preocupaba en menor medida. “Estos resultados pueden ser un reflejo de la elevada aceptación del estilo Eros o amor romántico o pasional en nuestro país, y ponen de relieve el rol de ciertos factores culturales como las creencias sobre el amor”, explica la investigadora. 

En otros estudios se ha observado que en las mujeres juega un rol importante la pasión romántica y erótica, la comunicación abierta o los celos emocionales, detallan los autores. En Estados Unidos se realizó un estudio similar y las cifras fueron superiores en lo que amor muy intenso se refiere, algo que los investigadores achacan, entre otros factores, a los diferentes estilos de entrevistas: telefónicas, en el caso norteamericano y cuestionarios anónimos, en el estudio español. “La intensidad del amor romántico es un aspecto subjetivo que puede tener un significado diferente en las parejas de recién casados y en las que llevan más años de relación, por lo que habría que examinar ese aspecto con entrevistas personales”, apunta Cuenca-Montesino.




domingo, 31 de enero de 2016

¿Dónde está el punto G en el hombre?




Como señala Luis Muiño en la revista Preguntas y Respuesta N.º 35 de Muy Interesante, se trata de la próstata, una glándula del tamaño de una nuez que se encuentra aproximadamente a cinco centímetros de la entrada del ano. Está rodeada de tejidos fibrosos y músculos, y participa en las erecciones, las eyaculaciones y el orgasmo. Por eso, en algunos hombres, su estimulación puede producir momentos de clímax muy placenteros.

Para estimular esa zona hay dos posibilidades. La primera es hacerlo desde fuera, masajeando el perineo, la zona que se encuentra entre los testículos y el ano. La segunda supone introducir un dedo lubricado en el ano y acariciar una especie de almendra que hay cerca de la entrada, en la pared posterior si el hombre está situado boca arriba con las piernas abiertas. Al acariciarla, toda el área irá dilatándose.

A pesar de que muchos hombres alcanzan sus orgasmos más placenteros a partir de la estimulación de esta zona, el tabú que rodea esa práctica sigue estando vigente. Por miedos homófobos o por pudor, muchos varones se niegan a experimentar con este lugar de la anatomía masculina. Para que la experiencia resulte placentera es necesaria la relajación y la desinhibición. Por eso, ese punto G de ellos permanece, en muchos casos, como una región inexplorada.

Además, está la cuestión de la pasividad: para numerosos hombres, sentirse penetrado se identifica con perder poder y fuerza. En su ensayo El sexo y el espanto, el escritor francés Pascal Quignard analiza, a partir del ejemplo de los frescos de Pompeya, el hecho de que desde la Antigüedad Clásica nuestra cultura divide la sexualidad en individuos activos y pasivos asociando ciertas características a unos y otros. Desterrar este falso prejuicio es otra de las labores de aquellos que quieran adentrarse en las delicias del punto G masculino.


lunes, 25 de enero de 2016

¿Cuál es el mejor momento para hacer el amor?



En la revista Preguntas y Respuestas N.º 35 de Muy Interesante, Luis Muiño  explica con argumentos psicobiológicos cuál es la mejor hora del día para practicar sexo. Como puedes comprobar, hay un factor que juega un papel clave: la edad.

Con 25 años: 15:00 horas. La poderosa libido que se experimenta a esa edad hace sentir deseo a cualquier hora del día, pero a las tres de la tarde el cuerpo alcanza su pico de energía. Hablando de los hábitos sexuales de los veinteañeros, Paul Kelley, neurólogo experto en ritmos circadianos de la Universidad de Oxford, afirma que con veinte uno siempre está dispuesto, por lo que lo importante es encontrar el momento de coincidir con el compañero de cama.

Con 30 años: 8:20 horas. La aparición de la luz del sol aumenta los niveles de testosterona en hombres y mujeres mediante la estimulación del hipotálamo, el área del cerebro que controla la secreción de hormonas a través de la glándula pituitaria. A los treinta años, en general, la gente madruga más que a los veinte, por lo que el momento del despertar con su subidón hormonal resulta ideal para la cópula.



Con 40 años: 22:20 horas. El timing para hacer el amor cambia a medida que uno se hace mayor. A los cuarenta, dice Kelley, esa hora de la noche es muy conveniente porque es más fácil relajarse gracias a la liberación de oxitocina. Además, el sexo antes de dormir facilita y mejora la calidad del descanso. Es aconsejable no acostarse muy tarde para tener un sueño reparador, ya que el cuerpo de un cuarentón se despierta más pronto.

Con 50 años: 21:00 horas. El final de la tarde o el inicio de la noche es idóneo, porque a esta edad las mañanas suelen estar muy ocupadas. Eso requiere, al que le guste tomar una copa para estimular la libido, beber hacia las ocho de la tarde, ya que el hígado trabaja más despacio y conviene procesar el alcohol antes de acostarse (temprano).

Con 60 años: 20:00 horas. Es la mejor hora para el amor de los sesentones. Después del orgasmo, el cuerpo segrega oxitocina, la hormona asociada al contacto físico. Más tarde, hacia las 22:00, empieza a funcionar la melatonina, que regula el sueño, anunciando el momento para irse a dormir. Por eso también se debe cenar temprano y ligero, ya que a los sesenta el organismo empieza a activarse hacia las 6:30.


Con 70 años: 20:00 horas. Lo mismo que a los sesenta, a estas edades el sexo al atardecer ayuda a relajarse y a prepararse para el sueño. Con setenta o más años, lo normal es dormir menos profundamente y despertarse varias veces a lo largo de la noche. Por eso, Kelley recomienda optimizar al máximo posible el descanso si se quiere aprovechar bien el tiempo. Como dice este experto británico, a medida que nos hacemos mayores también nos volvemos más madrugadores y más diurnos. Con los años, cada vez nos gustan más la luz y las mañanas.







lunes, 28 de diciembre de 2015

¿Cuántos tipos de pene humanos existen?

Se suele hablar de la relación entre el miembro y el grado de satisfacción sexual fijándose erróneamente en su tamaño. Más importantes son su forma y la técnica para optimizarla. Aquí, los tipos básicos, según nos cuenta Luis Muiño en la revista Preguntas y respuestas nº. 35 de Muy Interesante:
–Lápiz. Muy común. Cuerpo uniforme, no muy grueso, y glande de forma afilada. Permite estimular por igual toda la vagina y va bien para el sexo anal.
–Champiñón. Base uniforme, también estrecha, pero con glande prominente. Es el pene ideal para disfrutar del sexo oral. Incómodo y doloroso para el anal.
–Curvilíneo. Es también muy habitual. Si la curva es grande, puede producir molestias en las zonas interiores de la vagina. Su ventaja es la capacidad de estimular el punto G femenino durante la penetración. 
-Plátano. El glande y la base son del mismo grosor, pero después el cuerpo se ensancha. Quizá sea el formato más versátil, adecuado para varias posturas. 

–Cono. Tipo pirámide, delgado en el glande y con un cuerpo que se ensancha hacia los testículos. Eso ayuda en las posturas más delicadas.

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domingo, 18 de octubre de 2015

El alcohol y la hormona del amor tienen efectos similares en el cerebro

Investigadores de la Universidad de Birmingham han puesto de relieve que el alcohol y la oxitocina tienen efectos similares en nuestro cerebro, y que ambas sustancias repercuten de forma parecida en nuestra conducta, para lo bueno y para lo malo. Los resultados del estudio aparecen publicados en Neuroscience and Biobehavioral Review. La oxitocina, también llamada hormona del amor, es un neuropéptido producido en el hipotálamo y secretado por la glándula pituitaria. Desde hace tiempo se sabe que juega un papel importante en el parto, los lazos maternales y la eyección de la leche materna en respuesta a la estimulación del pezón por la succión del bebé. Más recientemente se le han atribuido otras funciones, como son el reconocimiento y el establecimiento de relaciones sociales y la formación de relaciones de confianza y generosidad entre personas, así como en ciertos aspectos de la conductas sexual, de ahí su apodo hormona del amor. Esta aumenta las conductas prosociales, como el altruismo, la generosidad y la empatía, lo que explica que nos predisponga a confiar en los demás. Esto es así porque inhibe la acción de circuitos cerebrales concretos que se traducen en la relajación neurológica de inhibidores sociales como el miedo, la ansiedad y el estrés. Según el doctor Ian Mitchell, de la School of Psychology at the University of Birmingham, la hormona del amor actúa de forma similar al alcohol en el cerebro, pues ambas sustancias afectan a la transmisión del ácido γ-aminobutírico (GABA) –neurotransmisor cuya función principal es reducir la excitabilidad neuronal a lo largo del sistema nervioso– en la corteza prefrontal y las estructuras del sistema límbico, esto es, la región primitiva del encéfalo que regula, entre otras cosas, las emociones, la memoria, el hambre y los instintos sexuales. Estos circuitos neurales controlan la forma en que percibimos el estrés o la ansiedad, especialmente en situaciones sociales tales como una entrevista de trabajo o la decisión de entrar a una posible pareja sexual. Tanto la oxitocina como el alcohol pueden hacer que estas tareas estresantes resulten más sencillas y nos mostremos más confiados de la cuenta. Incluso pueden volvernos más agresivos, fanfarrones, envidiosos o intolerantes, según este este estudio.