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sábado, 28 de mayo de 2016

Psicología: ¿Qué es la hipótesis del mono borracho?


Se llama así a una polémica teoría que aventuró a principios del siglo XXI Robert Dudley. Según este biólogo de la Universidad de Berkeley, el alcoholismo tiene que ver con nuestro pasado biológico, ya que el alcohol etílico –tambien llamado etanol– funcionaba como un estimulante para comer fruta madura en nuestros antepasados. 

De hecho, los beneficios de un consumo moderado pueden ser indicio de que la atracción por esa sustancia psicoactiva está inscrita en nuestro genes, comenta el psicoterapeuta Luis Muiño en la revista Preguntas y Respuestas n.º 36 de Muy Interesante.

Numerosas investigaciones han reunido datos que avalan esta hipótesis. Por ejemplo, en un artículo publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), Matthew A. Carringan y sus colaboradores afirman haber encontrado las pruebas de que hace diez millones de años se produjo en los ancestros comunes de humanos y simios la mutación genética que produce la enzima ADH4, necesaria para metabolizar el etanol producido naturalmente por la fermentación de las frutas.  

Gracias a esta mutación, algunos de nuestros antepasados empezaron a comer  - además de la fruta que recolectaban subidos a los árboles como cualquier otro primate- los frutos que caían al suelo. El alcohol de esa fruta fermentada sirvió de incentivo. Gracias a su búsqueda, los simios abandonaron la seguridad de los árboles y bajaron al suelo. Este cambio de hábitat favoreció la postura bípeda erguida, el desarrollo de herramientas gracias a tener dos extremidades libres, la evolución de la inteligencia  y…el resto ya es historia.





martes, 10 de mayo de 2016

Psicología: ¿Por qué a veces nos sentimos invisibles?



 A la sensación de que el mundo nos ignora se puede llegar por diversas circunstancias. Entre ellas destaca la falta de asertividad, asegura Luis Muiño en la revista Preguntas y Respuestas n.º 36 de Muy Interesante. Este concepto psicológico define la capacidad de mantener relaciones en pie de igualdad, sin que nadie nos domine y poniendo de manifiesto siempre que sea necesario nuestras opiniones y necesidades. Las personas asertivas saben decir no, expresan sus emociones, sobrellevan las situaciones de tensión aunque no les gusten y negocian partiendo de la base de que todos somos igual de importantes. 

Cuando alguien carece de ese útil talante acaba por diluirse como individuo. Su dificultad para reivindicarse lleva a que lo ninguneen. El psicoterapeuta Jeffrey Kelly, autor del libro Entrenamiento de las habilidades sociales, enumera algunos de los rasgos que delatan a la persona pasiva: mira poco a los ojos de su interlocutor, hace pocas preguntas, le resulta difícil aceptar cumplidos, apenas gesticula, contesta a menudo con monosílabos, pocas veces contradice a los demás… De alguna manera, es como si prefiriera desaparecer. Y al final, lo consigue.
Visión selectiva. También existen razones sociales que vuelven invisibles a nuestros semejantes. Y podemos constatarlo en la vida cotidiana: nuestra mirada tiene puntos ciegos. Andamos por la calle sin percatarnos, por ejemplo, de que hay mendigos tirados en el suelo. 


En un experimento clásico, los psicólogos John Darley y Daniel Batson pidieron a un grupo de seminaristas que prepararan un sermón sobre la parábola del buen samaritano que requería ir a una biblioteca para buscar referencias. Los voluntarios tenían que cruzar un patio en el que alguien simulaba necesitar ayuda. Una gran mayoría de los sujetos estudiados –sobre todo, los que tenían poco tiempo para preparar el trabajo– ignoró por completo a la persona que simulaba sufrir; hasta el punto de que, cuando se les preguntó posteriormente, ni siquiera la habían visto, concluye Muiño.



martes, 26 de abril de 2016

Psicología: 10 rasgos que definen a los introvertidos




La introversión es un factor de personalidad ni positivo ni negativo, pero arrastra muy mala fama. ¿Cómo son estas personas? El psioterpeuta Luis Muiño ha elaborado este decálogo que define la personalidad del introvertido par su sección MUY en tu mente del suplemento Saludable que publicamos en la revista Muy Interesante n.º 420 de mayo. 

1. Permanecen ajenos a las modas y toman sus decisiones a solas, al margen de los demás.

2. Cuando quieren comunicarse, eligen a su interlocutor según su necesidad: hay amigos para compartir aficiones, otros para desahogarse, otros para divertirse…

3. A menudo son depositarios de los secretos ajenos. Su gran capacidad de escucha activa 
y su introversión los hacen fiables.

4. Tienden a profundizar en un tema en vez de diversificarse. Por eso hay tantos introvertidos entre los expertos de muchas materias.

5. Les va estar “solos acompañados”. Sus relaciones se basan en parte en la capacidad de los demás para estar a su lado en silencio.

6. No les entusiasman las vivencias externas. Una investigación de la Universidad Cornell halló que su cerebro se activa más con los estímulos propios.

7. Prefieren dosificar las personas y los estímulos. Por eso, les gusta repetir experiencias.

8  Evitan las interrupciones de su flujo mental. Es muy típico que no cojan el teléfono.

9. Buscan espacios íntimos. Se sientan un poco aparte, cierran la puerta de su cuarto, ocultan lo que leen aunque no les avergüence...

10. No saben manejarse en las charlas frívolas. Tienen poca facilidad para hablar de tópicos y solo se sienten cómodos cuando la conversación se profundiza.







lunes, 18 de abril de 2016

10 consejos para resolver tus conflictos de pareja




La suma de dos personas que se unen para afrontar problemas que no tendrían si no estuvieran juntas. Eso es una pareja. La base de una relación es la capacidad de solventar conflictos. El psicoterapeuta Luis Muiño nos ofrece en la revista Saludable n.º 6 de Muy Interesante diez consejos para abordarlos con garantía de éxito.

1. Buscar un lugar y un momento idóneos para discutir, en vez de lanzar reproches en situaciones en las que no es posible negociar.

2. Entrenar la capacidad de resistir momentos críticos sin perder el autocontrol. Evitar tanto la agresividad como la sumisión.

3. Hay que afrontar los problemas, sin temas tabú. Intentar que el conflicto surja lo más tarde posible solo sirve para que estalle.

4. No atribuir mala voluntad al otro. Los desacuerdos se deben a conflictos de intereses, no son ataques gratuitos.

5. Lanzar preguntas abiertas y atender las respuestas de la otra parte, sin interpretar sus mensajes. Hay que evitar que uno de los dos monopolice la reunión.

6.Sustituir expresiones tú –“Tú no me haces caso”– por expresiones yo –“Yo me siento poco atendido”–. Así, en vez de agredir, manifestamos sentimientos que el otro debe respetar.

7. Especificar el problema sin generalizaciones.  Es muy importante acotar el conflicto antes de empezar a solucionarlo.

8. Discutir desde posiciones flexibles, no dogmáticas, acerca de cómo deben hacerse las cosas. Explorar alternativas sin obcecarse en una sola salida.

9. Negociar para satisfacer las necesidades respectivas en el futuro. Los conflictos se solucionan hacia delante, no hacia atrás. Es difícil llegar a un acuerdo sobre lo que pasó porque nuestra memoria es subjetiva, pero podemos acordar cómo actuaremos a partir de ahora.

10. En casos especiales, hay que recurrir a la mediación de personas que ayuden a descongestionar la situación.







jueves, 7 de abril de 2016

¿Ver vídeos de gatos afecta al rendimiento laboral?





La procrastinación –el acto de postergar las obligaciones perdiendo el tiempo, sobre todo, en internet– se considera uno de los grandes males del mundo actual. Muchos directivos se quejan de que sus empleados dedican parte de su horario laboral a participar en las redes sociales o a ver vídeos graciosos online. Pero quizá no deberían preocuparse tanto, advierte Luis Muiño en la sección Psicología de la revista Preguntas y Respuestas n.º 36 de Muy Interesante.


Un sorprendente experimento publicado en el Journal of Business and Psychology llegaba a la conclusión de que los vídeos divertidos –por ejemplo, los típicos de gatos haciendo trastadas– tenían una influencia positiva en la capacidad de persistir en una tarea. David Cheng y Lu Wang, investigadores de la Universidad de Nueva Gales del Sur, en Australia, dividieron a sus voluntarios en tres grupos. Mientras que uno de ellos visionó un clip de contenido neutral –sobre la gestión de negocios–, otro asistió a la proyección de un documental sobre delfines que proporcionaba bienestar pero no hacía gracia. El tercer grupo, por su parte, disfrutó de material cómico. Después, les pusieron a todos un trabajo tedioso y midieron cuánto tiempo aguantaban realizándolo. Pues bien: los participantes que habían echado unas risas fueron los que resolvieron la prueba con más competencia y le dedicaron más tiempo, concluye Muiño.






jueves, 31 de marzo de 2016

Psicología: cómo causar una buena impresión



Imagina que vas a una entrevista de trabajo. ¿Cuánto tiempo crees que necesita la persona que se sienta al otro lado de la mesa para formarse una opinión de ti? Según investigadores de la Universidad de Princeton, solo diez décimas de segundo.





Así lo constataron Janine Willis y Alexander Todorov, los psicólogos responsables del estudio, que realizaron cinco experimentos para comprobar cómo variaban en el tiempo las opiniones de dos grupos de personas sobre desconocidos de los que se les mostraban fotografías. Los investigadores pedían a los participantes que juzgaran cinco rasgos diferentes de cada individuo fotografiado: su atractivo, su simpatía, su competencia, su agresividad y si parecía fiable. La primera impresión –formada en diez décimas de segundo– apenas variaba cuando aumentaba el tiempo de exposición a las imágenes, asegura Raquel Graña en el artículo La verdad de la primera impresión, que publicamos en la revista Muy Interesante n.º 419 de febrero.

Los veredictos de este grupo se compararon después con los de personas a las que se permitía observar las fotos sin restricción temporal. Las primeras impresiones de estos segundos jueces coincidieron con las del grupo original. De hecho, cuanto más tiempo se les concedía, más se reforzaba su opinión inicial. Willis y Todorov concluyeron que nuestras primeras sensaciones sobre los demás se construyen muy rápidamente, y que resultan mucho más sólidas de lo que cabría esperar, dada la velocidad con la que ocurren.  
Lo cierto es que somos animales predominantemente visuales, y que el mundo –y las personas– nos entran sobre todo por los ojos, un rasgo que algunos avispados aprovechan para ganar dinero. En 2012, cuatro jóvenes estadounidenses –Sean Rad, Justin Mateen, Jonathan Badeen y Chris Gulczynski– crearon Tinder, una app para ligar que se aprovecha de la dificultad de muchos para conocer gente –por timidez o falta de tiempo– y de la celeridad con la que juzgamos el atractivo del prójimo.

Tinder atesora ya más de cincuenta millones de usuarios activos en el mundo, y su funcionamiento es muy sencillo: la aplicación muestra una imagen de una posible pareja –hombre o mujer–, su edad, los kilómetros de distancia a los que se encuentra y una breve descripción. Está conectada con el perfil de Facebook, así que avisa si hay amigos comunes. Si la persona atrae al usuario, este debe deslizar el dedo hacia la derecha en la pantalla del móvil, en señal de aprobación. Si no, lo hará hacia la izquierda, y ese rostro no volverá a aparecer. Si ambas partes aprueban el perfil del otro, Tinder les permite intercambiar mensajes.

Los trabajos de Vivian Zayas, profesora de Psicología en la Universidad Cornell, en EE. UU., inciden en esta línea, y sugieren que los juicios sobre la forma de ser de una persona a la que vemos en una foto predicen con fiabilidad lo que pensaremos de ella al conocerla. Según sus experimentos, las opiniones emitidas a la vista de un retrato permanecen invariables después de que obtengamos más información sobre ese individuo, incluso durante una cita cara a cara. 

Creamos al instante impresiones generales del mundo que nos rodea, pero ¿cuál es el origen de esta capacidad? Una cuestión de supervivencia y adaptación al medio. Pese a disponer de pocos datos, nuestro cerebro escanea con rapidez a quien tenemos delante, con el fin de acabar con su confusión. Según investigadores del Departamento de Psicología de la Universidad de Nueva York, las regiones cerebrales que se activan en este primer reconocimiento son la amígdala, vinculada al aprendizaje emocional; y la corteza cingulada anterior, relacionada con la toma rápida de decisiones. La facilidad con la que llevamos a cabo este proceso nos permite ser precavidos ante los desconocidos que parecen amenazadores. 

Puedes disfrutar del reportaje completo en la revista
Muy Interesante del mes de abril.
Los psicólogos llevan décadas analizando el fenómeno de la formación de las primeras impresiones. A mediados del siglo pasado, el estadounidense Solomon Asch  (1907-1996) teorizó que, cuando conocemos a una persona, nos hacemos una idea global de ella a partir de retazos de información formados por rasgos centrales y periféricos. Para demostrar su hipótesis, Asch elaboró dos listas de siete adjetivos, seis de ellos repetidos –inteligente, habilidoso, trabajador, decidido, práctico y prudente–, y uno diferente: afectuoso y frío. Luego pasó las listas a dos grupos a los que presentó una persona de la que debían hacerse una idea. El grupo que había recibido la lista con la palabra afectuosa mostró una opinión mucho más favorable del sujeto que acababa de conocer que el que había leído el adjetivo frío. Asch replicó el experimento, cambiando estas dos palabras por cortés y descortés. En esta ocasión, apenas había diferencias entre los juicios de los grupos. Conclusión: cortés y descortés eran rasgos periféricos; frío y afectuoso, centrales.

Cómo causar buena impresión. Raquel Graña lo resume en estos cinco puntos:.

l. Sé amable y abierto. Diferentes estudios sugieren que la gente más expresiva y animada causa mejor impresión que la inescrutable. Según el profesor Frank Bernieri, de la Universidad del Estado de Oregón, “las personas fáciles de calar nos resultan menos amenazadoras”.

2. Encuentra similitudes. Esfuérzate en descubrir puntos comunes con los otros: libros que hayáis leído, películas que hayáis visto, aficiones... La atracción por similitud es potente, ya que se basa en el procesamiento cognitivo y la reflexión, lo que hace más sólida una primera impresión positiva.

3. Muestra interés. Si sabemos escuchar parecemos abiertos a una relación. En opinión de la psicóloga social Amy Cuddy, es útil comenzar preguntando, tanto al conocer gente como en entrevistas laborales. Para Rosanna Guadagno, profesora de Psicología en la Universidad de Alabama, “las preguntas en un primer contacto constituyen un signo de interés, no de ataque”.

4. Cuida tu aspecto. Esto tiene gran relevancia en el contexto laboral, sobre todo para las mujeres; dado que los estereotipos de género siguen vigentes, se ven obligadas a tener muy en cuenta su apariencia.

5. Conoce a tu público. Cuando alguien acude a una entrevista de trabajo o va a pronunciar una conferencia, debe conocer de antemano con quién se va a ver las caras. Esto demostrará que se ha preparado y que se merece la oportunidad que se le ha dado.




domingo, 27 de marzo de 2016

10 consejos para no caer en la venganza



Represalia, revancha, desquite. Diferentes palabras que aportan matices a un concepto familiar para personas de todas las épocas y culturas: la venganza. ¿Cuáles son las claves psicológicas y biológicas de este instinto humano? 


El psicoterapeuta Luis Muiño explora las nuevas investigaciones que tratan de desentrañar en el reportaje Las dañinas raíces de la venganza, que publica en la revista Muy Interesante n.º 419 de abril, los componentes psicológicos y biológicos de este sentimiento tan humano, presente en todas las culturas, épocas e incluso religiones.

Paul Watzlawick fue una importante figura de la psicología del siglo XX. En 1983 publicó un divertido libro que le dio fama: El arte de amargarse la vida. En él habló del peligro de rumiar los pensamientos y la obsesión con el pasado. De este autor y otros psicoterapeutas, Muiño entresaca estos diez consejos que pueden ayudarte a evitar la tentación de la venganza y su amargo sabor:

1. Aumenta tu tolerancia a la frustración. Esta habilidad puede desarrollarse con los años, cuando comprobamos que todo lo que pasa, bueno o malo, cambia con el tiempo: nada permanece. Si encaramos la vida con esa serenidad interior, entendemos los reveses como parte
de nuestra experiencia vital.

2. Cultiva el humor. Reír nos saca de la reiteración con que les damos vueltas a los temas trascendentales. La ironía nos libera y nos da otra perspectiva. Además de ser clarificador, el sentido del humor cambia nuestro ánimo y nos sitúa en una condición en la que resulta más fácil afrontar los problemas. El resentimiento tiene que ver con la parálisis vital: si nos ponemos manos a la obra, la necesidad de resarcirse se diluye.

3. ¿Autocompasión? Jamás. La lástima por nosotros mismos nos hunde más en los momentos negativos y aumenta nuestro apetito de venganza. Lucir sin pudor nuestra mala suerte y nuestras culpas para dar lástima o regodearnos en el fatalismo de pensar que las cosas no pueden cambiar es una estrategia pésima. El victimismo dificulta la solución de problemas.


4. Cambia culpabilidad por responsabilidad. La primera paraliza y nos ancla a lo que deberíamos haber hecho. La segunda mira al futuro y a lo que puedes hacer para cambiar el presente. Nuestro cerebro está hecho para pensar durante un 90% del tiempo en lo que tiene que hacer y el resto en lo que tendría que haber hecho: respetemos esos porcentajes.

5. Distánciate de ti mismo. Tendemos a creernos demasiado a nosotros mismos. Si llegamos irritables al trabajo, es fácil que pasemos un buen rato rumiando nuestros problemas laborales y concluyamos que estamos hartos de ese empleo. Pero quizá lo único que ocurre es que hemos dormido mal o hace mucho calor. La interpretación de lo que pasa nos amarga más que los propios sucesos negativos. Nuestra vida y nuestra psique no van unidas inevitablemente: podemos estar resentidos sin que nadie nos haya hecho nada, y también podemos sufrir agresiones y perdonar.

6. Libera tu ira. Es normal que la sientas cuando no logras lo que deseas. Pero si se acumula, ese rencor se convierte en amargura: contra los demás (mal carácter) o contra nosotros mismos (depresión). Busca espacios para canalizar el resentimiento: practica un deporte duro, rebélate contra una injusticia, grita cuando abusan de ti... Pero elige la ocasión: si exteriorizas la furia en un momento inadecuado, sumarás más pesar.

7. No te contagies de la furia ajena. Personas con poder sobre nosotros (jefes, profesores, clientes…) que lo usan para desahogarse; individuos que se dejan llevar por sus impulsos a la mínima; agoreros a los que encanta que las cosas vayan mal porque eso ratifica sus ideas… Nos rodean propagadores del mal humor que nos incitan a la venganza. Evítalos.

8. Perdónate. Ojo con las expectativas demasiado altas. Muchos amargados son muy autoexigentes y a menudo comprueban que no pueden dar tanto o que no se recompensan sus esfuerzos. Necesitas autoestima incondicional, que te permite quererte aunque hagas mal algunas cosas.

9. Sé más asertivo. La capacidad de mantener una comunicación igualitaria (sabiendo decir no, poniendo nuestros derechos a la misma altura que los ajenos, comunicando nuestros deseos y opiniones...) ayuda a no acumular afrentas que nos llevan al resentimiento. Esta aptitud se cultiva afrontando las situaciones interpersonales que nos tensan: en vez de evitarlas, es útil enfrentarnos a ellas tratando de comunicarnos de la forma más asertiva posible.


10. Cuenta tu pasado sin rencor. No puedes cambiar lo que te ha pasado, pero sí contarlo de otra forma. Si hablas –y te hablas– sin victimismo, transmites que llevas las riendas de tu vida y que solo miras al pasado para aprender de sus enseñanzas. Hazlo y eliminarás gran parte del resentimiento.

Puedes disfrutar del reportaje completo en la revista Muy Interesante
del mes de abril.


martes, 15 de marzo de 2016

Los ocho temores más irracionales que paralizan a los adultos



La psicología humana se afinó hace miles de años, cuando tenía sentido inquietarse ante el riesgo de que algo nos atacase mientras hacíamos nuestras necesidades o un depredador acechara en el bosque. Estos son los miedos atávicos que heredamos de nuestros ancestros y que la evolución no ha podido borrar.




Hace un año, el ilustrador y profesor del Instituto de Artes de California Fran Krause pudo comprobar que nuestras inquietudes se siguen pareciendo a las que experimentaron nuestros tatarabuelos del Paleolítico. Krause pidió a sus seguidores online que le enviaran una lista con las sensaciones que les producían mayor de­sasosiego en su día a día. La sorpresa es que, en pleno XXI, lo que sigue desvelando a la mayoría son reflejos que adquieren autonomía en el espejo, sombras que cobran vida, accidentes improbables pero perturbadores, fenómenos de la naturaleza que parecen empeñados en volvernos locos… 


Hay mecanismos neuropsicológicos, desarrollados hace milenios, de los que la evolución humana no ha podido desprenderse aún, asegura Luis Muiño en el artículo Los ocho temores más irracionales que firma en la revista Muy Interesante n.º 418 del mes de marzo. Como señala Richard McNally, profesor de Psicología de la Universidad de Harvard, nuestra especie aprende con rapidez a temer las serpientes, las arañas y los acantilados. Cualquier asociación negativa potencia esas prevenciones, porque estas quizá ayudaron a sobrevivir a nuestros antepasados. Sin embargo, estamos menos predispuestos a sentir zozobra ante las amenazas de la electricidad, las armas, los coches o el tabaco, mucho más nocivos en potencia para la salud actual.

La pervivencia de tales sensaciones demuestra que conservamos un hardware biológico que nos conmueve ante determinados fenómenos. Para investigar cuáles son estos miedos y qué los causa, Luis Muiño ha confeccionado una lista con las ocho imágenes perturbadoras más habituales y ha buscado sus explicaciones psicocientíficas: ser enterrado en vida, oír voces en el viento, que salga un bicho del retrete, sufrir fobia social, mal rollo con los espejos. sentir que algo nos corroe por dentro. los peligros que esconde la oscuridad y toparse con seres de otro mundo en el bosque.

El pánico a ser enterrado vivo. En el caso del miedo a recibir sepultura en muerte aparente tiene tal fuerza que incluso existe una palabra para designarlo: tapefobia. Y como muchas aprensiones que glosamos en estas páginas, antaño tuvo su razón de ser porque podía ocurrir, comenta Luis Muiño. En las últimas décadas del siglo XVIII y las primeras del XIX, por ejemplo, se redactaban largos testamentos con instrucciones para impedirlo; había quien pedía ser decapitado antes de que le echaran paladas de tierra encima. Los ataúdes con sofisticados métodos para avisar en caso de que se produjera un fatal malentendido hicieron furor.

Pero con los avances de la medicina moderna, esa inquietud dejó de tener sentido. Aun así, el cantante Manolo Escobar insistió hace poco a sus allegados de que comprobasen su muerte antes de llevarlo al cementerio, según contó su hija. ¿Por qué sigue estando tan presente en el imaginario colectivo? La razón principal es la difusión de leyendas urbanas sobre el asunto. Jan Harold Brunvand, profesor emérito de la Universidad de Utah, recuerda que la trasmisión de miedos se produce en gran parte a partir de supuestos sucesos que pocos han presenciado. Este tipo de rumores presentan dos características: se refieren a circunstancias que tocan nuestra fibra sensible y tienen zonas oscuras. En efecto, casi nadie sabe lo suficiente de medicina como para desmentirlos taxativamente.


Además, los bulos deben poseer morbo, aspectos llamativos que estimulen nuestra mente. Los temas que nos fascinan están relacionados con fenómenos a medio camino entre dos etiquetas que se suponen incompatibles, como lo vivo y lo muerto, la verdad y la mentira. No es de extrañar que la posibilidad de ser enterrado vivo haya dado lugar a tantas ficciones: desde relatos como El entierro prematuro (1844), de Edgar Allan Poe, hasta películas como Buried (2010). Pero el murmullo se irá apagando a medida que podamos reírnos de él.




domingo, 13 de marzo de 2016

¿Por qué nos gusta achuchar a los niños?



Parece a simple vista una tendencia universal, aunque una investigación dirigida por las psicólogas Oriana Aragon y Rebecca Dyer, de la Universidad de Yale, la ha cuantificado experimentalmente. Lo que hicieron fue proyectar imágenes de niños adorables y otras más neutrales, y pidieron a los participantes que aplastaran burbujas de plástico mientras las veían. Así descubrieron que quienes contemplaban tiernas criaturas se aplicaban con más esmero a su labor.

Lo que muestra el ensayo es que esta necesidad es instintiva, programada en nuestros genes. Como cuenta el filósofo Daniel Dennett en una divertida charla de la fundación TED titulada Cute, sexy, sweet, funny, el hecho de que los niños resulten visceralmente estrujables tiene un claro sentido evolutivo de conservación de la especie. De hecho, Dennett afirma que las palabras cuco o mono nacieron para definir lo que no podríamos experimentar con ningún otro cachorro de ser vivo.No existe un sentimiento semejante al que nos suscita un niño, explica Luis Muiño en su sección de Psicología de la revista Preguntas y Respuestas n.º 36 de Muy Interesante.




domingo, 28 de febrero de 2016

¿Por qué nos gusta sentir miedo?



Diversos factores neuropsicológicos y culturales (más presentes en unas personas que en otras) nos llevan a pasarlas canutas voluntariamente, impulso que alimenta a toda una industria del entretenimiento.


El pintor belga René Magritte (1898-1967) dijo esto: “Uno no puede hablar acerca del misterio, debe ser cautivado por él”. A lo largo de la historia de la humanidad, millones de personas han sucumbido a un placer paradójico: acercarse a lo desconocido y disfrutar con el temor que les produce. Aunque el objetivo último de la sensación de pánico es el desasosiego, muchas personas son capaces de deleitarse con el miedo si lo experimentan en una situación controlada.

Ya en el siglo VIII a. C. encontramos un temprano ejemplo del gusto por lo siniestro. Homero relata lo siguiente en la Odisea: “Andaban en grupos aquí y allá, a uno y a otro lado de la fosa, con un clamor sobrenatural, y a mí me atenazó el pálido terror”. Luego aparecen los siguientes ingredientes: cabezas que hablan cuando se acercan a la sangre, muertos vivientes que quieren acabar su tormento, el espanto ante la Gorgona… El relato de las andanzas de Ulises fue trasmitido por tradición oral: si el texto se conserva, es porque muchos encontraron placer en recitarlo.

Desde entonces, miles de obras literarias, pictóricas y, en los tiempos modernos, cinematográficas han explorado ese paradójico disfrute. A partir del auge de la literatura gótica a finales del siglo XVIII, el terror se convirtió en género. Un hecho demuestra su vigencia: en todas las épocas posteriores podemos encontrar alguna narración espeluznante convertida en fenómeno de masas. Desde los clásicos Drácula o Frankenstein hay un continuo que culmina, de momento, en el auge de las actuales series de terrorThe Walking Dead, American Horror Story, Penny Dreadful…– y taquillazos como Paranormal Activity 4, que recaudó más de cien millones de dólares en su estreno a pesar de que se creía una fórmula agotada.
La pintura, los parques de atracciones, la música y el cómic también nos han invitado en los últimos años a seguir pasándolas canutas sabiendo que muchos responderían a la llamada. ¿Por qué?  Como ocurre con todo fenómeno psicológico masivo, confluyen distintas causas, señala el psicoterapeuta y divulgador  Luis Muiño en el reportaje Por qué nos gusta sentir miedo que firma en la revista Muy Interesante n.º 418 del mes de marzo.


 Paranormal Activity 4
Uno de los factores más citados tiene que ver con la hiperactivación física. A menudo se explica afirmando que quienes disfrutan de tales sensaciones solo experimentan una descarga de adrenalina, no miedo de verdad. Nuestro mecanismo cerebral de alarma se sitúa principalmente en la amígdala, un centro del sistema límbico, el encargado de reaccionar ante las emociones.
Experimentos como los realizados por Daniel Schacter, profesor de Psicología de Harvard, en EE. UU., demuestran que los pacientes con daños en esa área recuerdan la asociación entre ciertos acontecimientos y un estímulo negativo, pero no perciben ningún efecto emocional. Cuando se activa, genera reacciones fisiológicas como el aumento de la tensión arterial y del metabolismo celular. También conlleva una liberación de catecolaminas, grupo de neurotransmisores donde se hallan la adrenalina y la dopamina y que es responsable de la sensación de euforia que experimentamos tras pasar un mal rato.

En la misma línea, el investigador Jeffrey Goldstein, profesor de Psicología Social de la Universidad de Utrecht, en Holanda, sostiene que el género de terror proporcionaría un entretenimiento violento aceptado socialmente. Se trata, en definitiva, de activar las hormonas extremas –testosterona, adrenalina, cortisol…–, y una forma de conseguirlo es sentir escalofríos y angustia en una situación controlada.
Los partidarios de esta teoría nos recuerdan que las historias de canguelo han permitido, desde tiempos remotos, liberar sentimientos políticamente incorrectos incrustados en nuestro hardware biológico. Un ejemplo es la venganza: la historia de la víctima que vuelve de entre los muertos para ajustar cuentas se ha convertido en un tópico. Disfrutamos con la adrenalina que genera ver al fantasma justiciero en un ámbito en el que están permitidas ese tipo de bajas pasiones, señala Muiño en el artículo que puedes continuar leyendo en la revista Muy Interesante de marzo.

Además, Muiño te ofrece un test con el que podrás medir tu nivel de placer ante historias espeluznantes. Piensa en tu conducta y sentimientos ante esas experiencias en los últimos meses –cambiamos con la edad– y marca cuando la frase no se te pueda aplicar en absoluto en ese periodo de tiempo; 2, si te sientes identificado con ella en ocasiones contadas; 3, cuando se te pueda adjudicar bastantes veces; y 4, si has sentido eso siempre: